Cuentos policiacos

sábado, 19 de julio de 2025

Reto 10

 

Reto propuesto por María. 

Escribir una historia en la que algún personaje tiene o sufre de un síndrome literario (es decir, un síndrome que lleva nombre de alguna obra literaria, por ejemplo: síndrome de Otelo, síndrome de Martin Eden, síndrome de Plushkin, síndrome de Madame Bovary, etc.).El género es libre.


Límite de palabras: 1000
Fecha límite de entrega: 18 de agosto.
!Manos a la obra! !El mundo necesita tus palabras!

Envía tu cuento a:

cristobaleh@hotmail.com





Perdóname, viejo amor…

 

…que el nuevo me parezca el primero.

Wislawa Szymborska

 

I

Se enamoró de él al instante, el primer día. ¿Y cómo no? Él era un profesor famoso, rodeado de un aura de gloria y adoración general, y ella... Ella era solo una simple estudiante de primer año.

Durante todo el primer semestre lo siguió a todas partes, intentando atraer su atención. Estudiaba las clases, asistía a todos los coloquios, preparaba exposiciones, pero al profesor no le importaba en absoluto. Y la muchacha sufría y se afligía, hasta que finalmente decidió abrirle su corazón después del examen, y entonces: pasara lo que pasara.

Esperó a que el resto de los estudiantes se fueran a casa, y se acercó al profesor. Tímidamente, apenas audible, balbuceó:

—Hace tiempo que quería decirle...

Pero la tensión emocional era tan fuerte que se desmayó, perdiendo el conocimiento. Es difícil decir cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero su despertar fue realmente inolvidable. Al abrir los párpados, la chica vio el rostro preocupado del profesor sobre ella; él le acariciaba la cabeza.

—¡Me asustaste de veras! —dijo él, al notar que había abierto los ojos—. ¿Cómo te sientes?

Al principio la muchacha quiso levantarse y disculparse con el profesor por las molestias y la preocupación que le había causado, pero entonces un pensamiento sedicioso cruzó por su cabeza y empezó a meditarlo.

“¿Así de fácil? —reflexionó—. Sin aplicación y empeño, sin empollar hasta el amanecer... Desmayarse y acabar en los brazos del hombre querido. ¿Qué podría ser más sencillo?”. Y en lugar de responder, suspiró profundamente.

—¿Podrías llegar solita a tu casa? —preguntó él entonces.

—No... —respondió ella con voz casi agonizante.

Y sin pensarlo, el profesor la levantó en brazos, la llevó a su coche y luego la condujo a su casa. Ella todavía “no tenía” fuerzas para subir las escaleras hasta el tercer piso, así que la ayudó a llegar a su departamento. Los padres de la chica estaban en el trabajo. Así empezó su romance.

Poco tiempo después, en la universidad se enteraron de su relación. Él tuvo que renunciar y ella pidió un año sabático. En cuestión de días, la muchacha se mudó con él y entonces comenzaron a vivir juntos como una pareja cualquiera.

 

II

            La carrera perdida, la libertad perdida (a menudo se preguntaba cómo había logrado ella tan rápido ponerle el yugo a él, siendo un soltero empedernido) lo trastornaban, pero comprendía que la pobre se sentía aún peor. Sus frecuentes desmayos ahora se acompañaban de ataques epilépticos con convulsiones violentas y espuma por la boca. La chica iba constantemente al médico, quien le extendía todo tipo de informes e instrucciones (que ella aplicadamente le mostraba antes de acostarse), y tomaba montones de pastillas, pero nada la ayudaba. La pobre se apagaba ante sus ojos. Y por las noches él se culpaba, se martirizaba, se tiraba de los pelos. ¿Cómo podía dejarla ahora? ¿Dejarla así? Al fin y al cabo, ¡todo era por su culpa! En definitiva, fue él quien se aprovechó de su inexperiencia y juventud, fue él quien la sedujo, causándole un daño irreparable a su salud mental y física, fue él quien cogió algo que no le pertenecía. Y, tras olvidar sus antiguas ambiciones, consiguió varios trabajos a tiempo parcial para pagar su tratamiento.

            Ella, a su vez, disfrutaba de la felicidad casi matrimonial, haciendo esas pequeñas cosas agradables que alegran tanto el corazón de los enamorados. La chica hacía acogedor el nido familiar, guardaba sus libros, le planchaba la ropa, le preparaba la cena y, entre tanto, se golpeaba con toallas mojadas para lesionarse los músculos, se hacía pequeños cortes para provocar hemorragias, tomaba eméticos y diuréticos, falsificaba certificados médicos y ensayaba desmayos.

            En la práctica, todo resultó ser mucho más sencillo de lo que ella había imaginado inicialmente. Durante los primeros meses, tenía un miedo constante de que él la revelara y descubriera que estaba completamente sana, pero resultó que a la gente no le gusta entrar en contacto con la enfermedad ajena y rara vez se interesa por los detalles. Diagnósticos, enfermedades, síndromes: para una persona sana, todo esto parece algo pesado, desagradable, pegajoso, algo de lo que uno puede contagiarse con solo escuchar largas palabras en latín o griego, o complicados apellidos alemanes. A ella le bastaba con mostrarle un informe médico falso, hecho en cinco minutos en el ordenador, pronunciar el nombre de una intrincada patología de quince o veinte letras, y él ya la abrazaba y la besaba en la cabeza, llamándola “chiquita linda”, y esto era todo lo que ella necesitaba.

 

III

            Un día, unos tres años después de su primer encuentro, la chica iba a la farmacia a comprarse un laxante y, mientras tanto, reflexionaba sobre su propia vida.

“Sí, nada es para siempre”, pensó.

En los últimos meses, el profesor, o, mejor dicho, el exprofesor, había decaído notablemente. Antiguos colegas y alumnos ya no venían a visitarlo, y él mismo rara vez salía, prefiriendo tumbarse en el sofá antes que dedicarse a cualquier actividad. Carecían de dinero y sus enfermedades ya no lo preocupaban como antes (un par de veces, en un arranque de cólera, hasta le deseó a la chica que muriera más rápido, por lo que, por supuesto, luego, entre lágrimas, pedía perdón de rodillas). Y ella sentía una insatisfacción total en todos los aspectos de su vida: apatía, frustración.

“¿Y qué me atrajo a él entonces, a este anciano? ¿Por qué lo necesitaba tanto?”, se preguntaba una y otra vez, pero no encontraba respuesta.

La chica estaba tan absorta en sus pensamientos que no notó un coche que se acercaba. Un golpe sordo la hizo caer al asfalto, golpeándose ligeramente la rodilla.

Apenas recobró el sentido tras el inesperado choque, miró a su alrededor. Un joven alto salió corriendo de un coche azul brillante. Se arrodilló frente a ella, le tomó las manos y le preguntó con tono preocupado:

—¿Estás bien? ¿Te golpeaste fuerte? ¿Dónde te duele?

Ella lo miró fijamente, y todo en el mundo se congeló, todo en el mundo se detuvo. Era la primera vez que veía unos ojos verdes tan insondables. Sin duda, fue amor a primera vista.

—¿Estás bien? —repitió.

En lugar de responder, ella gimió entre lágrimas.

—¿Qué te pasa? ¿Dónde te golpeaste?

—Me duele, me duele muchísimo... —sollozó la chica lastimeramente.

—Déjame llevarte a urgencias, al hospital. ¿Podrás ponerte de pie? —preguntó el chico con miedo.

—No sé si podré caminar siquiera después de una caída así...

—Pues entonces te voy a llevar en mis brazos todo el tiempo... —dijo el joven, medio en broma. La cogió con cuidado y la llevó al coche.

La chica lo abrazó con fuerza por el cuello y apoyó la cabeza en su hombro. Él olía a juventud, a fuerza y a sensualidad; olía a un hombre capaz de cuidarla. Se apretó más contra él y, por última vez en su vida, pensó en el viejo profesor que se había quedado solo en casa.

(Síndrome de Münchhausen)

                             María





El mal de Eroll

Eroll había sido un niño ejemplar. Su madre le había procurado todos los medios para hacerlo único. Con buenos modales, responsable y amoroso, se ganaba el favor de quien lo conociera. Los profesores se veían deslumbrados por su carisma. Muchas mujeres no podían resistírsele y se convertían en juguetes de sus caprichos. No sufrían demasiado, pues el joven seductor no tenía malos hábitos; más bien exigía un amor incondicional que las obligaba a rebasar la línea roja del enamoramiento.

No era guapo, pero sí atractivo. Sus ojos tristes y su buen humor creaban un efecto contradictorio: inspiraba ternura, pero sus bromas lo volvían agridulce y fascinante. Muchas de sus novias se sintieron en la obligación moral de ayudarlo apenas lo conocieron, pero descubrieron pronto a un pícaro que se escudaba en su encanto para esconderse en sus pechos.

Cuando cumplió veinticinco años estaba en plenitud. Había terminado la carrera con un reconocimiento público de sus profesores y encontró un empleo donde no pasó por la novatada: lo sentaron directamente al lado del jefe del departamento de ventas. Así, guiado por la suerte que lo conducía como a un niño en un laberinto, Eroll alcanzó estabilidad económica y vislumbraba el resplandor de su futuro.

La vida le sonreía sin condiciones ni compromisos, y sus éxitos llegaban de manera espontánea y sorprendente. Esa sensación de unicidad empezó a arruinar sus relaciones: perdió el rumbo, dejó de distinguir entre la imposición y la exigencia. No era un monstruo, pero la gente se sentía tensa a su lado. Parecía que a él le hubieran dado todas las herramientas para la vida y a los demás solo les quedara ser hijos abandonados de la fortuna.

Un día, Eroll se levantó tarde, pero de buen ánimo. Llegó a la oficina y comenzó a dar órdenes como siempre:
—Señorita Anne, el café con poco azúcar, caliente y sin leche, por favor… Emily, lleva las carpetas con las presentaciones a la sala de reuniones… Thomas, te toca hoy empezar con el informe sobre el nuevo producto…

Entró al servicio, se miró al espejo y revisó su peinado: el pelo castaño ondulado le daba un aire de guerrero romano; sus ojos brillaban como joyas y sus labios finos se curvaban con elegancia embelleciendo su perfecta  nariz. Ajustó el nudo de la corbata, giró sobre los talones con aire marcial y se dirigió a la sala donde siempre comenzaba el “Plan estratégico”, que consistía en determinar las tareas urgentes.

Se sentó en su butaca de costumbre, frente a la pizarra aún marcada con los garabatos del encuentro anterior. Entró Anne con el café y las pastas que tanto le gustaban. Bebió un sorbo y miró el reloj: eran ya las nueve y media, y ninguno de sus colaboradores había llegado. Entonces entró Emily, sin el material que le había encargado. Se plantó frente a él y, con un leve espanto en la voz, dijo:
—Lo siento, Eroll, nadie va a venir a la reunión. Son órdenes de arriba. El director general lo solicita.

Subió a la oficina del director, sin hacer suposiciones, confiado todavía. Al llegar, Katherine le indicó con una sonrisa que lo esperaban. Abrió la puerta y anunció:
—Aquí está, señor director.

El encuentro fue brevísimo: le comunicaron que sería sustituido y no le dieron oportunidad de replicar.
—Le entregarán su indemnización en Recursos Humanos.

La frialdad del trato lo desorientó. No podía creer que la vida diera un giro tan brusco y sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Para colmo, al recibir su compensación se topó con su sucesor: era casi idéntico a él, salvo por algunos defectos faciales. Hasta su voz sonaba igual. Con el alma en los pies, intentó recomponerse y fue a su restaurante favorito a meditar. Sin embargo, el administrador le pidió disculpas: su mesa había sido solicitada por otro caballero.

Las cosas no habrían ido tan mal si no hubiera visto al hombre que ocupaba su lugar: tenía la misma complexión, era apenas mayor y se movía con seguridad. Discutir habría sido inútil. Se quedó unos minutos inmóvil, sin poder ordenar sus pensamientos. Lo mejor sería ir a casa a descansar.

Pasó varios días ensimismado, saliendo apenas al balcón a mirar los coches de la avenida. La panorámica de su apartamento había perdido el encanto; todo parecía tornarse gris. Se bebió una botella de whisky sin sufrir los rencores de la resaca. Pidió comida rápida y vio algunas de sus películas favoritas. Cuando se cansó de la vagancia, decidió buscar empleo. Envió su currículum a varios lugares y pronto recibió propuestas.

Convencido de poder reintegrarse, se puso su mejor traje y asistió a una entrevista. Lo recibieron con amabilidad; los reclutadores quedaron impresionados con su talento y le prometieron llamarlo en cuanto decidieran. Pasaron dos semanas sin noticias. Llamó él mismo, y le informaron que habían elegido a un candidato igual que él, aunque con una ligera diferencia en el puntaje.

Así comenzó la espiral descendente: lo apartaban siempre por pequeños detalles, retrasos o equivocaciones mínimas. Y entonces llegaron las pesadillas: hombres idénticos a él repetían, en coro, que eran únicos.

                                                                    Juan Cristóbal

No sé si exista un síndrome de temor de ser sustituido o copiado. El caso de Eroll sería de ese tipo.

domingo, 6 de julio de 2025

Reto 9


Este reto es una propuesta de Hilda. 

Debemos escoger un poema que nos guste mucho y convertirlo en cuento. Hay que indicar el nombre del poema o su autor, además, si es corto se puede incluir en el cuento como parte de la narración o ser indicado como mero epígrafe. sin que se incluya en la trama. 

El género es libre.

Límite de palabras: 1000
Fecha límite de entrega: 6 de agosto.
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cristobaleh@hotmail.com




La justicia

 

vino el pájaro

y devoró al gusano

vino el hombre

y devoró al pájaro

vino el gusano

y devoró al hombre

Blanca Varela “Justicia”

 

—Soy el rey de todos los animales, soy el amo de la naturaleza, soy el señor del mundo —dijo el hombre, y comenzó a exterminar, talar y desaguar.

Talaba bosques con avidez; drenaba pantanos, desviaba el curso de los ríos, extraía la sangre de la tierra: el petróleo; subía a las cimas de montañas inaccesibles y bajaba a los lugares más recónditos de los océanos; y todo lo que veía, lo llamaba “mío”.

Sacrificaba vacas y cerdos por su carne. Mataba elefantes por sus colmillos; zorros y visones por su pellejo; serpientes y cocodrilos por su piel. Cortaba aletas de tiburones, patas de conejos y cuernos de rinocerontes. Cazaba ballenas y focas. Mantenía monos y ratas encerrados en laboratorios; abría sapos y ranas vivos por la mitad; agotaba hasta la muerte a burros y caballos. En su consumo descontrolado, incluso llegó a utilizar a los de su propia especie: comía carne humana y cercenaba las extremidades de los albinos.

Pero un día, en una cena, una mosca le entró en la boca. Una mosca común y corriente, musca domestica, que primero se posaba mucho tiempo en las heces de un perro callejero y luego en el ojo de un pez muerto en el mercado.

El hombre tosió, intentó tragarla con champán caro, pero no pudo sacarla ni empujarla. Y entonces murió, y un par de días después fue enterrado, solemne y pomposamente.

            Tan pronto como el hombre estuvo bajo tierra, un gusano se le acercó. Un gusano cualquiera, común y corriente, una criatura miserable e insignificante. Durante varias horas, ese gusano-topógrafo medía el largo y el ancho del hombre, hacía cálculos. Cuando todo estuvo listo, el gusano invitó a sus hermanos a comer, y en poco tiempo deshicieron al hombre, lo devoraron por completo, hasta el último hueso. Lo borraron de la faz de la tierra, como si nunca hubiera existido.

Y entonces se hizo justicia. 

                                                                                    María




¿Y si dios fuera mujer?- Mario Benedetti

La habitación estaba estrujada, atiborrada de libros y una nube rancia con olor a papel de periódico enfermaba el aíre y éste a Juan. La ventana estaba entreabierta, un sonido apacible y fresco traía las noticias de la calle desierta. Todo sereno—parecía decir refrescando el pequeño refugio —. Eran las tres de la mañana, no podía dormir y miraba al techo bufando nubes de humo para tratar de disipar las ideas tormentosas que bien podían ser fantasías eróticas o pensamientos distorsionados por el efecto de la hierba que fumaba.

¡Juan! —se dijo así mismo— ¿Y si dios fuera mujer? Pero, ¿qué tonterías dices? Sí, sí, te lo digo en serio. Me imagino que el hombre la amaría no con la cabeza, sino con el corazón. Se vertería por completo en el concepto de la divinidad y la apretujaría con tal fuerza que por fin encontraríamos la paz. No lo sé, no pienso como tú. Creo que la cosa iría mucho más allá…

Se quedó dormido y cuando el sol entraba de lleno por la ventana, se despertó. Se bañó y se dispuso a salir a comprar algo para el desayuno. Por la calle se cruzó con algunos vecinos que se apresuraban al trabajo. Saludó con la mano a quienes le daban los buenos días. Entró en la tienda de Don Jesús. Esperó y le pidió unos bollos, leche y un tarro de café soluble y se disponía a salir cuando lo asaltó la pregunta, entonces se volvió, miró al corpulento y mal aseado tendero y le dijo:

—Oiga, don Jesús, hay una cosa que me quita el sueño, ¿sabe?

—Pues, no eres el único, muchacho. Con las cosas como están, no hay modo, no hay modo.

—Pero es que no es eso…Es más bien que un pensamiento no me deja dormir.

—Y ¿qué es?

—Oiga, don Jesús, ¿alguna vez ha pensado que pasaría si dios fuera mujer?

—¡Ah!!Con que es eso! Mira, pues si que lo pensé alguna vez, y me gustaría que dios fuera como la Sasha Montenegro, ¿sabes?!Utssss! A esa diosa sí que la amaría eternamente y me portaría tan bien que sería su hijo, o mejor dicho, su amante predilecto. ¡Jajaja!

—No se pase, don Jesús, le hablo en serio.

—Pues, yo también, diosito quiera que tu deseo se haga realidad, mano, y entonces sí que seré feliz. No como ahora, que ya no soporto a la arpía de mi esposa y a su madre.

De repente se oyó un ruido, don Jesús se puso pálido cuando vio a su esposa y fingió que ordenaba algunas frutas. Juan salió de la tienda pensando en que sería mejor razonar en qué tipo de mujer se podría transformar dios, ya que la señora Lola como todopoderosa sería una amenaza para la humanidad.

¿Y el infierno y el mal? —se dijo de pronto—. Era cierto, ¿qué pasaría con el demonio? Porque de ser hombre perdería todo su poder y sería un mamarracho poco convincente, pero ¿si fuera también mujer? ¿qué pasaría con una diabla?!Oh, Dios!!No sabríamos qué sería mejor! Si vivir en el infierno con un sinnúmero de perversiones, o el paraíso con toda su pureza y amor romántico y dada la naturaleza masculina ¿habría alguien que se negara a vivir eternamente en el inframundo?

Juan comenzó a sudar, pensó que la naturaleza femenina era especial y que la procreación es una de sus más destacadas características, así que Dios sería pródigo y el mundo se llenaría de gente en poco tiempo porque amaríamos tanto, y ese amor se vería recompensado con sus frutos, y habría quien en su fanatismo predicara amar sin fin, sin tener miedo a las consecuencias que esto acarreara, y nos diría que lo mejor, lo más bello y satisfactorio es el amor, y le creeríamos ciegamente, y seríamos una plaga creada por la buena voluntad y tendríamos que hacer penitencias y pecar por nuestra falta de amor y fe, pues al apartarnos de dios estaríamos condenados al infierno, pero volvería la cuestión de si hubiera allí una diabla y nos veríamos acorralados por todos lados y el resultado sería el mismo, ¡qué horror!

Juan estaba nervioso porque entre más pensaba su imaginación creaba situaciones paradójicas que lo hacían temblar y vibrar de pasión al mismo tiempo. Decidió acabar de una buena vez con esa idea absurda y se fue a caminar por las calles del centro para ver los escaparates y distraerse.

Ya casi se había librado de su pesar, pero como caída del cielo o salida del infierno se le apareció Julieta.

—¡Pero que sorpresa, Juan! ¿Qué haces por aquí? —le dijo acercando su escote provocativo

Sin saber qué responder, dijo:

—Es que necesito unos zapatos y ando buscando…

—¡Que bien que te veo! ¿Cuándo fue la última vez que nos vimos?

—Tendrá como seis meses, fue antes de que rompiera con Irma…—Juan agachó la cabeza y se mordió el labio para contener un grito de furia.

—Sí, creo que sí. ¡Qué pena me da! ¿Sabes que ya está saliendo con otro? —Exclamó con ironía y ánimo de herirlo.

—No, no lo sabía, pero tampoco me interesa. Creo que es mejor así.

—¿Y no la echas de menos? —dijo Julieta haciendo un movimiento extraño.

—La verdad no sé, es algo complicado ¿Sabes? Nuestra relación siempre fue muy extraña.

—Sí, te entiendo. Oye, me tengo que ir a trabajar. Estoy chambeando en este edificio, en un bufete jurídico. Bueno, me dio gusto verte.

Juan se la quedó mirando, oyendo el taconeo arrítmico de su andar, le llamó mucho la atención su vestido amarillo tan ajustado y la cadencia con la que avanzaba. Vio cómo se mezclaba con algunas personas y desaparecía en el edificio.

Vio a Julieta como dios y demonio. Sintió un dolor intenso. Percibió un sabor amargo en la boca. Buscó una pared para apoyarse y pensó que debería conocer más la naturaleza femenina porque, por más perfecta que fuera el creador o, esa dichosa diosa, siempre habría algo que la haría impredecible y eso podría significar la extinción de la especie, aunque fuera paradójico.    

                                                                            JC 






sábado, 28 de junio de 2025

Reto 8

 


Escribir un cuento sobre dos personajes de escritores que hayan sido "enemigos" por algún motivo. Dichos personajes deben argumentar a favor o en contra sus creadores. 
Los escritores pueden ser, tales como: Lope de Vega y Cervantes, Jean Paul Sartre y Camus, Hemingway y Faulkner, Mishima y Kawabata, etc..

El género es libre.

Límite de palabras: 1000
Fecha límite de entrega: 22 de julio.
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México, 1976

 

            Una noche, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez se pelearon en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. El peruano atacó al pobre escritor colombiano con los puños y le dejó un ojo morado. Las causas de la pelea permanecieron desconocidas para el público general. Después, muchos opinaban que el motivo fue Patricia, la entonces esposa de Vargas Llosa. Algunos decían que García Márquez la insultó, mientras que otros, por el contrario, afirmaban que el colombiano la estaba convenciendo de no aguantar más peleas y de no regresar con su famoso esposo tras una fuerte discusión. Pero lo que pasó, pasó, y todo el mundo se enteró de su trifulca.

            Esa misma noche, la noticia llegó al departamento número 39 de la avenida N. en el sur de la Ciudad de México. El viento la trajo. Al fin y al cabo, ¿quién mejor que él para difundir los chismes? Entró por una ventana entreabierta y contó a los libros, cuidadosamente colocados en la estantería, sobre la riña.

            Al escuchar la noticia, Pichulita Cuéllar, como si despertara de un letargo, empujó con su lomo a su vecino, al libro de tapa blanda de “Cien Años de Soledad”, y el libro cayó al suelo. Pichulita Cuéllar siempre había odiado a José Arcadio, a ese arrogante, ese donjuán, ese garañón. Y ahora, cuando semejante escándalo había estallado en el mundo literario, por fin había llegado el momento perfecto para vengarse de todas las ofensas e injusticias. Además, no quería quedarse atrás de su creador.

            Embriagado por la victoria tan rápida, Pichulita Cuéllar no se dio cuenta de que el Coronel, veterano de la Guerra de los Mil Días, se le acercó y, reuniendo sus últimas fuerzas, lo empujó de la estantería. Un golpe seguro y los “Cachorros” también estaban en el suelo. Pero la batalla todavía estaba lejos de terminar, y Jaguar con los demás “Perros” ya se acercaban al Coronel. Unos segundos más y...

            —Pero, ¿qué pasa aquí? —Vanessa, la dueña de la estantería, entró en la habitación y miró con reproche a la gata, que dormía plácidamente en la alfombra—. ¿Te has portado mal otra vez? ¡Qué descarada! ¡Hoy no te daré paté de camarón!

            Vanessa guardó rápidamente los libros en la estantería y corrió a la cocina, donde se estaba preparando café.

El Jaguar estaba a punto de asestarle el golpe final al Coronel, pero de repente oyó el siseo furioso de la gata. Estaba muy enojada: debido a aquellas broncas, se había quedado sin su merecido manjar. La gata arqueó el lomo y mostró los colmillos blancos y afilados.

“Bueno, bueno... Algún día llegará la hora de la otra batalla, pensó el Jaguar con fastidio, pero por ahora, por ahora... una tregua”. 

                                                                                María



Conversación epistolar

Muy apreciada señora Emma B, por medio de la presente le comunico que estoy muy indignada por las críticas que ha hecho sobre mi persona. Le recuerdo que, de alguna forma, somos de origen provinciano, sin embargo, usted se ha dejado llevar por ilusiones fatuas que le acarrearán una gran desgracia. No quiero decir que usted tenga la culpa, pues sabemos ambas que usted es el juguete del señor Gustave F. Confieso que, en efecto, fui engañada por mi padre y por el respetado Honoré, durante algunos años, pero analizándolo bien, eso podría ser una forma de forjarme, pues al final era necesario que llegara con un carácter bien definido para heredar la fortuna paterna. Espero que recapacite, que cambie su opinión y me ofrezca las disculpas que merezco.

Suya, Eugenia G.

                                                        **

Pero, ¿quién demonios es usted para indicarme lo que debo o no decir? ¡Cómo se atreve a llamarme provinciana! Le recuerdo que, aunque yo vivía en una población pequeña, mi padre contaba con bastantes recursos para darme una vida de abundancia y holgura, en cambio usted siempre vivió con privaciones, además de ser engañada por su propio padre. La vida tan austera que ha llevado siempre la ha convertido en una sirvienta rica. ¡No me la imagino eligiendo mobiliario para una casa decente, o un simple vestido para ir a una reunión de la clase alta!!Dios mío!!Seguro que sería el hazmerreír de las fiestas! Y, como no es digno de una dama de mi clase mezclarse con la chusma, le pido que no me escriba más.

Emma B.

                                                     **

Señora Emma, no me ha gustado el tono de su carta y le pido que se controle. Si hago el esfuerzo de comunicarme con usted, es porque me da lástima que haya caído en una situación tan absurda y que no se dé cuenta de las consecuencias que le podría acarrear ese descabellado tren de vida que lleva. Ha llegado a mis oídos la noticia de que el señor Lehureux solo busca la forma de que crezca su deuda, ¿cuánto le debe ya?!Tenga cuidado!!Ese hombre la puede hundir con sus adulaciones! Y, otra cosa importante, su romance con León es una estupidez, el solo quiere poseerla y le calienta la cabeza con esas notitas románticas a las cuales usted no se puede resistir. ¡Madure ya!!Deje de vivir en su mundito imaginario de lujos y placeres! La vida es esfuerzo y su pobre Charles no aguantará mucho…

Eugenia G

                                                     **

Señora Eugenia, se ha pasado usted de idiota. No tiene ningún derecho a juzgarme, ni darme recomendaciones sobre lo que debo hacer en mi vida. ¿Ha leído alguna vez libros? !Ja,ja,ja!!Seguro que no sabe ni leer!!Seguro que no sabe quien es Teófilo Gautier o Alfred de Musset! No es la miel para el asno…y aunque los conociera, seguro que no podría sentir lo que transmiten sus bellas palabras. Es usted una mujer de paja, leche de cabras y estiércol. ¡Que va a saber del amor!!Oh, perdóneme si he sido demasiado sincera con usted! Le ruego que no se tome la molestia de escribirme más. Gracias.

P.D. Me ha dicho un pajarito que es usted parte de la colección de la Comedia humana del señor loco ese Balzac…

Emma B.

                                                     **

Señora Emma, no me ha revelado nada, sé perfectamente quién soy. Formo parte de un arquetipo social, soy una especie de prototipo de las mujeres de nuestra época. Como yo, hay cientos de mujeres, en cambio usted si que es única, porque, si me perdona el atrevimiento, la estupidez femenina tiene sus parámetros bien definidos. ¿Sabe? He oído, por ahí, que siempre se habla de usted como si fuera una innovadora, una mujer que se adelantó a su época, que defendía los derechos de la mujer y que impresionó tanto a algunos escritores con su libertinaje sexual que hasta se atrevieron a decir: “Todos somos Madame Bovary”. Creo que si el abusar de la confianza de un marido, engañándolo porque se dedica a cumplirle a usted sus caprichos, además de ser mala madre y mujer pretenciosa, se pueden considerar rasgos atractivos, entonces nuestro mundo está al revés.

Eugenia G.

                                                    **                                  

¡Envidia!!Envidia! Eso es lo que la corroe, señorita campesina. Si supiera de los placeres de la vida, reconocería que no tiene precio la felicidad. A usted nadie la ha amado y su primo Charles, que la ha impresionado tanto, no es más que un mequetrefe. Si viera a león o a Rodolfo se quedaría con la boca abierta. Sí, lo confieso, me han poseído los dos y en sus brazos me he sentido la mujer más afortunada del mundo, pero ¿De qué le estoy hablando? Dedíquese a sus animales en su granja y ahorre, sea como su padre, guarde todo para alguien que si lo sepa gastar. ¡Que lástima me da usted!

Emma B.

                                                       **

Señora Emma, tal vez usted crea que rodearse de lujos a costa del esfuerzo de su marido es algo digno de apreciar, pero le prevengo. Tal vez, su esposo pierda la salud y el empuje o el interés por usted, sobre todo cuando se entere de que le es infiel. Además, me apuesto lo que quiera a que su adorado y muy sofisticado Rodolfo es un vividor. Sí, ya sé que me va a decir que tiene un castillo, que se escapará con usted y vivirán un romance jamás visto, pero la ha engañado. Ese hombre puede tener a la mujer que quiera y, a pesar de que usted es joven, habrá otras mujeres más atractivas para él. Se ha dejado usted engañar con promesas y caricias falsas. Tenga cuidado porque si eleva mucho el vuelo, la caída podría ser mortal. Después no diga que no le avisé.

Eugenia G.

                                                      **

¡Maldita!!Es usted ave de mal agüero! No sé por qué me tomé la molestia de escribirle. Me ha arruinado la vida. !La odio!!No vuelva a dirigirme la palabra jamás!!Que quede en su conciencia esta desgracia!¡De todo lo que pueda pasar, la condeno a usted!!Púdrase en el infierno!

Emma.

                                                                                        JC



domingo, 15 de junio de 2025

RETO 7

 

Escribir un cuento en el que los personajes cuenten por separado un acontecimiento de cualquier tipo.
El género es libre.

Límite de palabras: 1000
Fecha límite de entrega: 10 de julio.
!Manos a la obra! !El mundo necesita tus palabras!

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900

Carl Smith—Encontramos una parte del barco casi intacta, fue un milagro que el cuerpo no saliera volando en pedazos. Me avisó John. Cuando lo vi, estaba encogido abrazando un disco. Sin rastros de sangre y vestido de marinero. El forense dijo que seguramente la muerte había sido producida por un paro…, ya sabe el corazón no resistió la onda expansiva de la explosión. Pobre tipo.

John Brown—Acudí por petición de un vendedor de anticuarios. Llamó a la comisaría y dijo que había un hombre en peligro de muerte. Acudí al lugar un poco antes de la explosión y vi al trompetista tocando muy tristemente una melodía suave. Cuando tocó la última nota explotó el barco. Caímos con fuerza y Max se puso a llorar. Creí que se había lastimado, pero su llanto no era de dolor físico. Luego me contó toda la historia y nos acercamos a lo que quedó de la embarcación, se había pulverizado, sin embargo, vimos un camarote que había sido catapultado por arte de magia. Corrimos hacia allí y vimos que había alguien.

Capitán del trasatlántico—¡Claro que lo conocí! Me habían asignado el Viginian después de la jubilación del capitán Sanders. Me sorprendió mucho su historia, que me pareció una patraña, pero Danny Buckman, su padre adoptivo, me lo contó todo. Le di a Novechento el grado de Alférez de fragata como reconocimiento al prestigio que le había dado al Virginian, ¿sabe? Era como la marca personal de nuestro barco. Le habría dado un premio por su música, pero no tenía los poderes de la Academia…bueno, usted me entiende. Ojalá y se hubiera quedado en tierra cuando tuvo el encuentro con aquella chica. Bueno, si me perdona…Tengo mucho que hacer. Buenos días.

Danny Buckman— Yo era carbonero, salía poco de la caldera y deseaba siempre llegar a América para disfrutar de lo que teníamos en Europa. Cerca del puerto de Nueva York lo teníamos todo. Nos encantaban los bares y los “Lugares de esparcimiento”—era así como le decíamos a los burdeles. Tomábamos baños, comprábamos ropa nueva y nos íbamos a divertir. ¡Buaah, buaah! Todavía recuerdo cómo disfrutábamos con el glug-glug de las botellas y los besos de aquellas chicas. ¡Esos eran buenos tiempos! ¡Sí, señor! Bueno, el caso es que una vez estaba un poco enfermo y no bajé del barco, fui a revisar unas válvulas y cuál sería mi sorpresa cuando vi a un bebé en el suelo. Corrí a buscar a sus padres, pero nadie lo reconoció como suyo. Se lo comuniqué al capitán Sanders y lo reportamos a la policía, pero ¡Nanay, nadie nos lo reclamó!!Yo no sabía qué hacer! Le pedía ayuda a todo mundo, pero cuanto más imploraba, más solo me quedaba…Pasó el tiempo y me encariñé con él. Era un niño enclenque, débil, pero en sus ojos se notaba la curiosidad. Le gustaba dormirse en el gran salón y fue allí donde empezó a tocar. Primero imitaba a Charles el pianista del barco. Pero, no me lo va a creer. A los seis años ya tocaba todos los villancicos y cuando se enfermó una noche Charles, el muy diablo se sentó a tocar para los pasajeros y dejó a todos con la boca abierta. Pronto Charles se negó a competir con el niño Mozart y Novechento tocó desde esa edad hasta que al Virginian le llegó el desguace. Lo demás ya lo sabe.

Max Tooney— Soy trompetista, conocí a Novechento en 1920. Toqué con él y nos hicimos muy buenos amigos. A decir verdad, es el mejor amigo que he tenido y con quien más me he identificado. Era para mí, más que un hermano. Lo pasé todo con él. La pasión por la música, la creación, la decepción, la sorpresa…ya sabe, todo lo que experimenta un músico… Pero hay dos cosas que marcaron nuestra vida y, podría decir que lo transformaron por completo. La primera es la gran victoria en el duelo de pianistas. En el salón del Virginian se llevó a cabo el duelo más grande del mundo. Se enfrentaron el desconocido mundialmente, pero no menos talentoso Novechento y el mismísimo Roll Morton pianista brillante y supuesto creador del jazz. Eso daría para un libro, una película y un monumento a la música en el mismísimo centro de Nueva York. Todos los asistentes a esa confrontación recordarán con emoción y euforia ese día. Novechento empezó como acojonado por el presumido gorila que lo despreció desde el principio, pero cuando ya no teníamos esperanza en que ganara…!Joder, solo recordar la cara del mono, me hace disfrutar de nuevo ese triunfo! ¿Sabe? Novechento había repetido una melodía de Roll y éste decidió darle una lección, se puso a tocar sus mejores notas de la forma más rápida que podía y al terminar le dio una colilla de cigarrillo que el arrogante gorila había puesto en el piano al empezar su improvisación…Fue entonces cuando sucedió el milagro. Novechento escupió, cogió un cigarrillo apagado, lo puso en la tapa frontal y empezó a tocar la famosísima “Enduring Movement”. No lo va a creer, pero cuando terminó lleno de sudor, recobró la consciencia, porque estaba poseído, y abrió el piano, se acercó a las cuerdas agudas que estaban al rojo vivo y encendió el cigarrillo, la gente volvió de su letargo hipnótico y Novechento le puso al mono el cigarrillo en la boca: “Fúmate esto—le dijo—. Yo no fumo”.

—Muchas gracias por toda la información, Max. Había pensado en entrevistar a Morton, pero creo que no le gustaría recordar aquella mala experiencia. Por cierto, no me ha dicho nada del disco que tenía abrazado Novechento.

—Ah, pues es que le propusieron grabar su música. Él lo hizo, pero luego me dijo que no quería que se comercializara su música. Cogió el disco y corrió detrás de una chica que le había gustado, pero no la logró alcanzar. Ella desapareció y Novechento se marchitó con su recuerdo…



REDENCIÓN

 

I

Yo se lo advertí: aunque la señora es lo bastante compasiva como para salvarlo a uno de la calle (como a mí o como a él, que lo trajo a casa, lo aseó, le dio comida y cama), también es una fanática de sus plantas y la pone histérica que alguien le descomponga los “jardines” verticales que mantiene en el alféizar. Pero él no me hizo el menor caso. Y ayer, como se aburría aquí sin otra cosa que hacer que mirar por la ventana cómo el viento juguetea con los árboles, se puso a olisquear las flores, a toquetear los tallos, a frotar algunas hojas, a probar uno que otro brote e incluso a escarbarles un poco la tierra, parecía que las flores lo hubieran embriagado; total, que de tanto mover las macetas, se le cayó una. Ambos nos asustamos y él intentó esconder los estropicios, pero resultó peor porque, por las prisas, la planta quedó totalmente destrozada. Cuando ella volvió, se enojó muchísimo. Él está ahora encerrado en el desván y se le oye cómo lloriquea bajito. Le he pedido a la señora que lo perdone, que ya ha escarmentado y seguramente no volverá a hacerlo, pero ni me mira siquiera. Creo que debía de ser una planta muy valiosa. En fin, yo de eso no entiendo mucho.

 

II

¡Malhaya con la vieja! ¡Aay, tan bien que andaba yo paseando por ahíí! Es cierto que aquí no hace frío y que me ha dado de comer, pero a cambio hasta las orejas me ha restregado y ahora me dejará morir aquí solito, por lo menos es lo que teme la educanda esa ojiverde. La oigo suspirar tras la puerta. Suspira y repite que ya me había advertido que tuviera cuidado con hacerla enojar. Y ella la conoce mejor: lleva un año de recogida... ¿Y qué tendría la dichosa planta habiendo tantas en la calle? ¿Por qué me han encerraaadooo? ¿Por qué no me sueeeltaaan? ¡Aay!¿Por qué no meee...? ¡Aaaay!

 

III

¿Quién me manda meterme a samaritana? Si estos no entienden. Con la vida de reyes que aquí llevan... ¡malagradecidos! ¿Y qué le hizo mi pobre mini violeta para que me la destrozara así? Tan bonita que estaba ya con sus pequeñas varitas florales. ¡Ah, malandro! Y yo que le tuve lástima y le di cobijo en mi casa para que no pasara frío ahora que se acerca el invierno; pero no, si ya es todo un señor bandido, aunque no sea más que un crío. Y mira cómo me ha dejado el suelo. Sí, ya sé que tú hace tiempo que has olvidado las malas costumbres. ¡Vamos, cálmate! No des tantas vueltas, que me vas a marear... Pero ya me va a conocer a mí ese... ya le quitaré yo las malas mañas, así lo tenga que encerrar en una jaula como a un canario.

 

IV

Afuera el viento ululaba arrancando las hojas de los álamos y las jacarandas y persiguiéndolas por calles y callejones.

La mujer se puso unos audífonos y, acompañada por su música favorita, empezó a recoger los tepalcates y a limpiar la tierra esparcida por todos lados. Cuando encontró junto a una pata del sofá una hojita entera (“sin magullar casi, hasta con tallito”), su corazón dio un salto gozoso y de inmediato decidió colocarla en una macetita para reproducirla.

Por toda la habitación la seguía una gata de ojos grandes y verdes y le murmuraba algo, pero su ronroneo no podía traspasar la muralla que habían levantado las trompetas y los guitarrones de un mariachi que fusionaba desaforadamente una jota con una ranchera.

 

Hoy el día también es frío y la mujer ha salido muy abrigada al trabajo. El silencio de la casa lo interrumpe un agudo plañido que brota del desván y que poco a poco se va debilitando. Afuera el viento desmelena los árboles impunemente.

HG




Un incidente en un café cerca de la alcaldía de la ciudad de O.

 

Al lado de un café cerca de la alcaldía de la ciudad de O. dormía una perra. Estaba tumbada boca arriba, mostrando descaradamente dos hileras de pezones hinchados y extendiendo sus patas polvorientas en diferentes direcciones. La perra descansaba. Tenía todo el derecho a un pequeño reposo, pues había dado a luz y ahora amamantaba sin parar a casi una docena de cachorros.

Junto al lugar que la perra había elegido para la siesta había tres mesas: dos estaban ocupadas y en una, alguien hablaba. La perra movía la oreja, escuchando la conversación a medio sueño. No hay nada más rico para los perros que quedarse dormidos escuchando la conversación de la gente, porque no soportan la soledad.

Un gran coche negro se detuvo frente del café. La perra abrió los ojos con dificultad y miró. Nada interesante. El coche no la asustó; en su vida ya se había acostumbrado a estos monstruos de cuatro ruedas.

Pero de repente oyó unos gritos. Primero gritó una chica, luego un hombre. La perra se levantó y se sacudió con desgana.

“¡Ni cinco minutos de descanso para una madre soltera!”, pensó con fastidio y caminó lentamente hacia la alameda central. Allí, en el sótano de una casa medio en ruinas, la esperaban los cachorros, como siempre hambrientos.

¡La siesta se acabó!

***

En un café cerca de la alcaldía de la ciudad de O., estaban sentadas dos mujeres: una era muy gorda y la otra, como diría el clásico, flaca. La primera comía helado y lo acompañaba con un glacé, la segunda se conformaba con agua fría con limón.

Ni el peor escribidor habría escrito semejante cliché, pero como bien sabemos: la vida verdadera está llena de vulgaridades y cursilerías, y a veces ocurren cosas incompatibles con las bellas letras de calidad.

Las mujeres trabajaban en la alcaldía. La gorda, en la oficina de contabilidad, y la flaca era secretaria. Ahora les tocaba su merecido almuerzo, y cada una tomaba lo que le apetecía.

—¡El presupuesto! ¡Y el presupuesto!... —se quejó la gorda, llevándose una cucharada de helado a la boca—. ¡Sin bonificaciones, sin pagos extra!...

—¡Qué va! —asintió la flaca. —Ni recuerdo la última vez que me fui de vacaciones. Trabajo sin días libres, y ¿para qué?...

— Si ese —la gorda miró de reojo la alcaldía— no dimite para el otoño, yo me iré a Tver. Mi cuñada trabaja allí en la administración; ya me encontrará un sitio.

—¡Y yo me voy a la capital! —declaró la flaca con orgullo—. Estoy harta de la provincia, aquí solo hay margi/...

—¿Otra vez? ¿Otra vez? —el chillido de un hombre impidió que la flaca terminara su frase.

“¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?”, las mujeres se miraron confundidas.

Solo entonces se dieron cuenta de que un coche se había detenido junto a ellas y todos se alarmaron. Una camarera salió corriendo del café, gritando algo incomprensible. Luego apareció un hombre, gritando “otra vez, otra vez”. Después el tipo entró en el café, y al par de minutos de nuevo apareció en la calle, vociferando “me prometiste, me prometiste”. Y luego, ¡zas!, el coche se alejó rápidamente.

—¡Dios mío! —exclamó la flaca.

—Bueno, volvamos. Si no, ese —la gorda volvió a mirar de reojo la alcaldía— se volverá loco.

¡La hora del almuerzo se acabó!

***

Al lado de un café cerca de la alcaldía de la ciudad de O. se detuvo un carro negro. Había un hombre al volante y una chica en el asiento del copiloto. Se acababan de casar, eran desposados.

—¿Quieres algo, amorcito? —preguntó la esposa con voz melosa.

El hombre sonrió y negó con la cabeza.

—¡Y yo necesito café! ¡Si no me tomo un café ahora mismo, me voy a poner fatal! —lo besó en la mejilla y salió corriendo hacia la calle.

Él la siguió con la mirada. Una esposa, eso era inusual. El anillo de oro que brillaba en su dedo anular, eso también era inusual. Dos semanas juntos, a solas, eso ya había pasado antes, pero la luna de miel le daba al viaje un matiz especial.

—¡Bueno, vámonos! —dijo al regresar la esposa con voz jadeante—. ¡Vámonos, vámonos, rápido!

El hombre giró la llave de contacto, listo para irse, pero de repente vio a una camarera salir corriendo del café. Gritaba algo, su cara reflejaba espanto. El hombre bajó la ventanilla del copiloto.

—¡No ha pagado! ¡No ha pagado! —repetía la camarera.

El hombre se puso morado de ira. Miró severamente a su esposa y maldijo.

—¡Se me olvidó pagar! —dijo ella entre dientes. Su aliento todavía no se tranquilizó, pero la euforia ya había pasado: la picardía fue arruinada.

El marido salió del coche y, gritando “otra vez, otra vez”, se dirigió al café. Allí dejó mil rublos en la barra y salió corriendo a la calle, repitiendo “me prometiste, me prometiste”.

—¡Se me olvidó pagar! ¿Qué no está claro? —dijo su mujer, ofendida cuando él volvió al coche.

El hombre arrancó el motor y el carro desapareció rápidamente del lugar del crimen.

—¡Necesitas tratamiento! ¡Eres una ladrona chiflada! —dijo, agarrando el volante con más fuerza para no agarrar accidentalmente el frágil cuello de su mujer.

¡El idilio de recién casados ​​se acabó!

***

En un café cerca de la alcaldía de la ciudad de O., estaba sentada una mujer joven bebiendo lentamente vino blanco de una copa empañada. Sobre la mesa, frente a ella, había un bolígrafo y una libreta gruesa.

Hoy era su día libre. Hoy había estado paseando por la ciudad.

Desde la mañana, la mujer joven observaba y escuchaba todo lo que pasaba a su alrededor. Hurgaba en los contenedores de basura con un palo en busca de algo inusual, hablaba con jubilados y se metía en casas abandonadas. ¡Na-da! ¡No pasaba nada en la ciudad de O.! Alguien podría haberla tomado por una espía o una enferma mental, pero ella solo buscaba argumentos. La mujer joven era escritora.

Llevaba varias semanas sin escribir.

Siempre tomaba todas sus historias de la vida real: algo que veía, algo que oía. La última vez escribió sobre un anciano descalzo que molestaba a los niños, sobre pescadores y sobre una ahogada de la isla Klichen. ¿Y ahora qué? No sabía. La ciudad había caído en un letargo, se había hundido en una hibernación informativa, y su creatividad estaba sumida en el estancamiento.

La mujer joven miraba perezosamente a la perra que se calentaba la panza al sol, escuchaba a medias las quejas de las funcionarias y pensaba en lo suyo.

—¿Otra vez? ¿Otra vez? —el grito del hombre la sacó de sus pensamientos.

La mujer joven aguzó el oído y se puso a escuchar atentamente. Observó la escena con interés, con los ojos bien abiertos: había ira, vergüenza, desesperación; gritos teatrales; y trastornos mentales. ¡Una trama maravillosa, excelente!

Cuando el coche negro se alejó, ella miró a su alrededor con alegría, como si quisiera intercambiar opiniones sobre lo sucedido con otros testigos. Pero la perra ya se había ido, y las funcionarias habían regresado a la alcaldía.

La escritora pagó el vino y se apresuró a casa.

Decidió que, en cuanto llegara, se sentaría a escribir una historia sobre una cleptómana. ¡No! Mejor escribiría sobre una perra que acababa de parir, unas funcionarias quejonas, una cleptómana pasajera y su marido desesperado.

¡El bloqueo se acabó!

                                                                María



Destinatario A

  Eran las ocho de la mañana y el hombre se había terminado el café. Miró por la ventana el desolado día. Una lluvia fina caía como si hubie...