Cuentos policiacos

jueves, 18 de diciembre de 2025

Cuento policíaco Nº 1

 

Eduardo Velasco- Crimen pasional

Cogió el estropajo abundante de espuma y comenzó a fregar los platos. Al fondo se oían las conversaciones de los clientes del restaurante. De pronto se sintió asaltado por una pesadez abrumadora. No deberías estar aquí, Marcial—le dijo una voz profunda que le metió mucho temor—, no deberías estar aquí, y lo sabes. Terminaron la toma y con mirada interrogante Marcial volvió la cabeza hacia Paco Lombardo. Él le hizo una señal dándole a entender que se podía ir a descansar mientras montaban el decorado para la siguiente escena. Marcial se secó las manos, se quitó el delantal y la ridícula pañoleta que llevaba su personaje. Se fue a su caravana a descansar.

Se dirigió hacia las carpas donde había café y bocadillos para los ayudantes. Sus pasos eran torpes y le dolía la cadera por el espacio tan incómodo donde había repetido diez veces la escena de la discusión con Marat, su compañero de reparto. Saludó a Margarita, una chica muy bondadosa y gran admiradora del gran Marcial Pedroza. No sabes cómo te admiro Marcial—le había dicho esa mañana cuando se anunció que el papel principal lo tenía él—, eres el mejor. Él le sonrió fingiendo alegría, tomó un vaso de café y se fue a descansar.

Tumbado en el incómodo sofá y bañado por un aire de energía lacerante dejó de reprimir sus pensamientos.

 Joder, Marcial, ¿no te das cuenta de que vas a echar a perder tu carrera? ¿Cuánto te costó llegar hasta aquí? ¿Ya se te olvidó que juraste que jamás harías papeles estúpidos? ¿para qué necesitas hacer el ridículo? ¿Qué va a pasar cuando la gente vea al ganador del premio de la academia haciendo de lavaplatos? Pareces un sacamuertos, un racionista que trabaja por la sopa boba. Bueno, ya para, lo que yo haga es decisión mía y que la gente se vaya al carajo. Sí, de acuerdo, pero con este favorcito se va a terminar tu brillante trayectoria. Ya te veo otra vez luchando para que te den un buen papel en alguna película que merezca la pena. Bueno, y ¿eso qué? Le prometí a Luis que no le fallaría, sabes que le debo mucho. El Cabrera me salvó de la muerte. Bien, bien, Marcial, ya sabía que ibas a salir con eso de que la amistad es más importante que el dinero y la fama. Sin embargo, permíteme recordarte que Luis solo hizo lo que tenía que hacer, de haber estado otro de tus amigos en la misma situación, incluso tú, habría hecho lo mismo. Ya deja de molestarme y cállate, soy yo quien afrontará las consecuencias.

Se oyeron unos toquidos: “Marcial, te llama Paco, vamos a hacer la otra escena”.

Marcial estaba indeciso. Debía prepararse y entrar en el personaje, pero no lo lograba. Su voz interna salió de nuevo. Bueno, pues ya convéncete. No tienes opción. Piensa que eres un tipo convencional con necesidad de afecto y que has descubierto que no puedes tener relaciones con mujeres y que ese beso con Marat será solo una imagen, una serie de cuadros en un muermo y que a todo mundo se le olvidará. No sentirás nada y si de pronto surge la repulsión, quédate tieso y que sea Marat quien acapare pantalla. Déjate llevar. ¿Sabes? Ni de broma. Todo esto es una estupidez, no debí aceptar el rol. No tiene sentido. Sí, sé que le debo un favor a Luis, pero esto es demasiado. ¿Lo ves? Al final has recapacitado, coge tus cosas, discúlpate con Luis y mándale un cheque para que encuentre otro actor. Ya te había dicho desde el principio que solo querían aprovecharse de tu fama. Estuviste a punto de tirar tu carrera por la alcantarilla, mi buen.

Marcial se acercó a Lombardo y le explicó que no podía seguir, que renunciaba. Paco se puso fúrico, le comenzó a gritar y lo amenazó, pero de nada le sirvió. Los actores se quedaron de piedra al saber que Marcial se iba. Los rumores comenzaron a propagarse como un tufo desagradable que irritaba a todos. Marcial cogió sus pertenencias y se marchó.

Al día siguiente, el inspector Eduardo Velasco se presentó en la calle Roma. Lo recibió Nacho su ayudante.

—¿Qué tal, Nacho?

—Mal, inspector. Hemos encontrado a Marcial Pedroza asesinado. Según el forense murió ayer por la noche, a eso de las diez y media. Lo apuñalaron, fue una muerte rápida.

—Vaya, vaya. No será el actor de cine, ¿verdad? —miró con astucia a Nacho quien movió la cabeza afirmando y subiendo las cejas de forma exagerada—, ¿hay alguna pista, rastros, algo que nos pueda ayudar?

—No, inspector. Se han encontrado solo huellas de la casera y de Marcial. El asesino sabía lo que hacía.

—¿Tiene cuartada la casera?

—Sí inspector, estuvo con su hija y la vecina del tercero preparando una tarta de cumpleaños.

—Bien, tendremos que comenzar con las pesquisas. Déjame echarle un vistazo al escenario…

Velasco hizo una revisión minuciosa, puso atención en los libros y pertenencias del fallecido. Miró la posición del actor tumbado en el suelo, hizo sus anotaciones, le preguntó al forense lo que consideró importante, luego habló con los guardias que habían llegado primero al lugar y se fue.

—Nacho, tendremos que investigar todo lo relacionado con este desdichado. Dile a Marta que nos consiga toda la información.

—Sí, inspector.

—Bueno, me voy porque todavía estoy con lo del deceso de la viuda Montes…y creo que ya sé quién es el culpable.

—Lo llamaré en cuanto tenga algo, inspector.

—Gracias, Nacho. Hasta pronto.

El inspector Velasco se fue al restaurante donde trabajaba su amiga Rosa. Se sentó cerca de la barra y se concentró en su bistec con patatas. Hacía tiempo que no comía con tanta tranquilidad. La frecuencia con la que resolvía los crímenes le parecía un acto tan rutinario que ya ni siquiera se molestaba en aplicar sus métodos deductivos. Parecía que todo era tan banal que cualquier policía con un poco de experiencia resolvería los asuntos que le llegaban. Lo de la viuda estaba clarísimo, era un clásico, la ambición del amante lo había llevado a cometer el crimen y esa misma noche lo arrestaría en el aeropuerto. Velasco se empezó a reír con una alegría radiante. Como Rosa lo estaba mirando pensó que por fin el atractivo cincuentón se le declararía y juntos vivirían en un modesto piso con olor rancio de tabaco y comentarían las noches todas las fechorías de los delincuentes de la ciudad.

—¿Le traigo el postre, inspector?

—¡Hay Rosita de mi alma! Si yo pudiera y tú quisieras—le dijo todavía con ese aspecto alegre que lo hacía tan atractivo—, pero ¿quién se va a fijar en un tipo como yo?

—Pues debería decidirse ya, no lo voy a estar esperando toda la vida y por si no lo sabe, tengo una fila de pretendientes esperando el sí…—se dio la vuelta y caminó a la cocina con un cadereo que dejó a Velasco confrontándose con sus evasivas al matrimonio.

A Velasco le habrían dado la jubilación anticipada, incluso se lo habían propuesto ya, pero el hecho de verse ocioso, solo, y sin muchas metas que ponerse para sobrevivir, le causaba un estremecimiento que oprimía el bajo vientre. Esta Rosita se me va a marchitar si la dejo esperando, caray. Por qué me falta tanto la hombría a la hora de la verdad. Un día de estos algún patán se la lleva y me quedo mirando para la loma. Hay que ser muy bruto para no aprovechar la oportunidad. Y eso de los enemigos que me he echado encima, la falta de vocación de marido ejemplar y todas las excusas que me busco son pura inseguridad. No me siento a la altura de esa mujer, joder.

—Bueno, bueno, lo veo muy alegre inspector, ¿no será que se ha enamorado?

—¡Ay, Rosita de mi alma! Pues, la verdad es difícil de ocultar, sobre todo cuando es tan evidente…Lo que pasa es que…es que…yo…

—Otra vez le empezó el tartamudeo, ¿por qué no me lo pone por escrito y acabamos con la duda, ah? Escribir si sabrá, ¿no? ¿O me va a decir que también le tartamudea la mano?

Se echaron a reír con muchas ganas y salió el administrador a ver que se traía la camarera. Velasco se acercó a Rosa y le dijo al oído: “La invito mañana a cenar, pasó por usted, y ahora váyase porque ahí viene el energúmeno de su jefe”.

Pagó la cuenta le guiñó el ojo a Rosita y salió para saber algo sobre Marcial Pedroza- Al pasar por un estanco vio un periódico, lo compró y le echó una ojeada. Puso atención en una noticia. Era sobre la muerte de Marcial. Había información sobre la última película que lo había llevado al premio de la academia, sobre su tortuosa relación con su novia, sobre su trayectoria y salida del anonimato y unas cuantas líneas sobre la última película que estaba haciendo. Solo estaban los nombres de Luis Cabrera el productor y Paco Lombardo, un director emergente casi desconocido que solo había hecho tres cortometrajes. Velasco se fue a buscar una caseta telefónica y llamó a Marta.

—Hola, Martita, oye te tengo que pedir que me localices a un tal Paco Lombardo, director de cine emergente, y a Luis Cabrera, un promotor de cine de poca monta. ¿Me lo podrías tener mañana al mediodía? Te lo agradecería muchísimo.

—Buenas tardes, inspector, por supuesto. Cuente con eso. Oiga y quería decirle que Rico Casamayor estará hoy en el aeropuerto entre las nueve y once de la noche, se va a fugar con su novia, la vedete Sonia Palomero. Tienen billetes de la línea aérea Celeste fly. La policía ya está al tanto. No llegue tarde.

—Gracias, Martita. Te llamo después.

Velasco miró el reloj. Eran las cinco y media. Bueno, me da tiempo de echarme un duchazo y luego al aeropuerto. Cogió su coche, entró por la avenida Vallejo, cruzó la glorieta de Torquemada y aparcó su coche. Subió por la escalera y al llegar a su piso y comprobó que no hubiera nada fuera de lo habitual. Abrió la cerradura, encendió la luz, se tomó una copa de brandy y se fue a duchar. Salió vigoroso, de buen humor y se puso a leer unas páginas de una novela. Se quedó pensando en la trama y luego arqueó las cejas.

Se marchó a las siete y media de su casa, se subió al coche y se dirigió al aeropuerto. Llegó sin retraso, justo a tiempo para ver en el registro a Ricardo Casamayor y la hermosa Sonia Palomero. En persona la mujer era más impresionante que en las fotografías y las pantallas. Tenía una personalidad magnética que arrancaba los ojos a su paso. Era imposible no verla. Además, se vestía muy bien, con buen gusto, mezclando elegancia con excentricidad en su punto exacto. Velasco se imaginó a Rosita vestida de la misma forma. No, no había una gran diferencia, pero Sonia se movía como la diva que era, mientras Rosita mostraba más su simpleza, su naturalidad y eso la hacía una mujer común, una mujer guapa, pero nada más. Pues, aunque no sea como la Palomero, esa Rosita se tendrá que casar conmigo. Ya está decidido y nada de peros. Y al diablo con todo lo demás. Mañana se lo propongo, por mi madre que se lo propongo.

Velasco sacó la pistola y se acercó a Rico. El hombre estaba nervioso, pero controlaba bien la situación. Sonia, por el contrario, acostumbrada a viajar y ver mundo veía a la gente como enanos, sirvientes y empleados a su servicio. Daba órdenes y no toleraba las negativas. Cuando se acercó al mostrador Velasco, Sonia le decía a la encargada que tenían prioridad, que iban en primera clase y que no haría falta llamar a nadie para que la acompañaran a abordar. Rico puso los pasaportes en el mostrador y miró con gesto rudo a la encargada. En ese momento Velasco le puso la pistola en la espalda. Está bien, amigo, quedas arrestado por asesinato con alevosía. Tienes derecho acallar y etc., etc., etc. Rico trató de escabullirse, pero estaba rodeado de policías. Sonia armó un escándalo. Velasco le pidió que se tranquilizara y la apartó. Unos agentes la resguardaron hasta una patrulla y se la llevaron.

A la mañana siguiente Velasco despertó tarde. Se había quedado leyendo su libro, hizo sus habituales anotaciones, comentó en voz alta sus observaciones y en todo el proceso se tomó media botella de Johny Walker. Tenía resaca y un hueco en el estómago. Bajó a la cafetería de Don Lucio, pidió unos huevos con jamón, una cerveza y se fue a la comisaría.

—Buenos días inspector, le tenemos bastante información de Marcial Pedroza.

—Oh, gracias Marta, dame la carpeta, le echo un vistazo ahora mismo.

—Aquí tiene, inspector. Falta todavía el resultado de la autopsia, pero creo que no arrojará nada nuevo, ¿no cree?

Velasco se fue a leer el informe, hizo su croquis de implicados, antecedentes, circunstancias y posibles causas del crimen. Llamó a Nacho y se fueron a interrogar a Francisco Lombardo.

Lo encontraron discutiendo con su mujer en la calle. Su hijo de seis años miraba con indiferencia a la pareja de energúmenos que se deshacían por encontrar las palabras más hirientes. “Maldito, estúpido, fracasado de mierda, no vales una bicoca, en mala hora me fui a meter con un imbécil como tú”.

La aparición del inspector le ahogó las palabras a la mujer que gesticulaba, vociferaba y bailaba como en una riña del famoso boxeador Mohamed Alí.

—Perdone, ¿es usted Francisco Lombardo? —le preguntó Nacho obstruyendo a la mujer que estaba a punto de abofetearlo.

—¡Sí, soy yo! Y qué pasa, ¿eh? —contestó Paco muy alterado por la discusión

—Mire, Francisco, venimos por lo de la muerte de Marcial Pedroza, ¿lo recuerda?

—¡Yo no tengo que ver nada con eso!!Déjeme en paz! —contestó paco dándose la vuelta para irse.

—¡Eh, un momento, amigo! ¿A dónde cree que va? —le espetó Velasco cogiéndolo del brazo—Lo siento, pero tendrá que responder a algunas preguntas, soy el inspector de policía, Eduardo Velasco.

Paco Lombardo se tranquilizó un poco, le explicó su situación y contestó a todas las preguntas sin poder recobrar la calma. Al final tenía coartada y era necesario preguntarle a su ayudante Margarita si en verdad habían estado juntos en un hotel. Agregó que sería muy estúpido para matar a su gallina de los huevos de oro. Les dio una de sus tarjetas y se fue sin despedirse.

Nacho y el inspector se fueron a buscar a Luis Cabrera.

Llegaron a una casa de dos plantas en una zona al norte de la ciudad. Tocaron el timbre. Les abrió un hombre mayor encorvado y medio sordo.

—Buenas tardes, señor, queremos hablar con Luis Cabrera—le gritó Nacho muy cerca del oído.

—¡Ah!!Un momento!¡Luis, te buscan!

El anciano invitó a pasar al inspector y a Nacho, les sirvió un zumo de naranja y se fue a su habitación. En ese momento sonó el timbre. Salió el anciano de nuevo y se fue a abrir la puerta. Con mucha sorpresa Nacho miró al inspector diciéndole que el viejo estaba más sordo que una tapia, pero bien que oía el timbre de la puerta. Nacho se levantó y miró el cuarto del viejo. Volvió con una gran sonrisa. El muy cabrón tiene una lámpara que se enciende cada vez que tocan el timbre.

Apareció Luis Cabrera. Era alto y delgado, llevaba una barba tupida y unas gafas de botellón. Estaba despeinado y parecía alterado.

—Buenas, señores, ¿en qué puedo ayudarlos?

—Venimos por lo de Marcial, usted era su amigo, ¿no? —le respondió Nacho con una sonrisa astuta.

—Sí, es muy lamentable su muerte. Me ha jodido por completo. Era mi última esperanza para salir del atolladero y estiró la pata, el muy cabrón.

—¿Qué relación tenía con él? —le dijo Velasco mirándolo con mucha atención.

Luis se tumbó en un sillón. Estaba a punto de llorar y con voz entrecortada les contó todo sobre su amistad con lujo de detalle.

Una hora y media después Nacho y Velasco salieron sin hebra de donde coger.

—Estamos jodidos, Nacho. No tenemos más sospechosos por ahora. Al final, será un banal robo a mano armada, bien planeado, pero un simple atraco o una venganza ordinaria.

—No, inspector. Nos falta el otro actor, el que hacía de Marat. Se llama Rufino Andrade y vive a media hora de aquí.

—Bien, entonces busquémoslo. ¿Dónde lo podemos encontrar?

—Calle libertadores 35, depto 304.

—Pues, pa luego es tarde, mi querido Nacho.

Llegaron a un edificio de doce plantas. Llamaron por el portero automático, pero nadie les abrió. Esperaron a que alguien saliera y al abrirse la puerta apareció una mujer de unos cuarenta años.

—Perdone, la molestia señora, ¿vive aquí Rufino Andrade? El actor, ya sabe…—le dijo nacho muy amable.

—¿Actor, dice? Ese patán es una escoria. Sí, vive debajo de mi y no es precisamente un ser deseable, se lo juro.

—¿Por qué dice eso, señora?

—Pues, porque hace mucho ruido, mete a la primera zorra que se encuentra y luego se la pasa fornicando media noche. Eso de acostarse con quien sea no es pecado, pero este cabrón grita como si lo estuvieran castrando sabe. ¿Son de la policía?

—Sí, en efecto. Este es el inspector Velasco— Eduardo hizo un saludo galante inclinando la cabeza.

—Mira ¡Que bien!!Hasta han mandado un inspector!!Ya era hora! A ver si esta vez lo echan para siempre de aquí.

—No se preocupe, señora, haremos lo que sea necesario.

La mujer se fue con paso alegre. Nacho y el inspector subieron por la escalera. Llegaron al piso 304. La puerta tenía un forro de color marrón oscuro, tenía dos cerraduras y el ojo un poco bajo. Tocaron durante diez minutos y no abrió nadie. Bajaron y desde el coche esperaron hasta que el hambre los obligó a retirarse. Comieron en un restaurantillo que quedaba enfrente del edificio. No notaron la presencia del hombre que habían descrito los vecinos. Fortachón, con tipo de jugador de fútbol americano, muy moreno, vestido con ropa deportiva y andar zalamero muy fingido. Es adulador, el muy cabrón, pero detrás de su sonrisita siempre se nota el interés. Ese cabrón no da salto sin huarache. Tuvieron que montarle guardia.

Al final Velasco no pudo ir a cenar con Rosa. Le surgió un asunto urgente a la camarera. Con mucha fuerza de voluntad, rompiendo sus principios y echando por la borda sus prejuicios, Eduardo escribió una carta breve declarándose, pidiéndole a Rosita que se casara con él. Se sentía ridículo y, a pesar de que todo apuntaba en contra de su relación, se convenció de que su vida sería mejor al lado de esa mujer.

La investigación se detuvo. Velasco estaba en punto muerto. Los sospechosos tenían coartadas, no tenían móvil y jamás habrían tocado al hombre que los sacaría de pobres. Rufino seguía invisible. Ni los polis de guardia ni los agentes que se habían incorporado a la investigación sabían algo. Al Marat se lo había tragado la tierra. Habían pasado tres días sin que hubiera noticias del actor de segunda.

Velasco se despertó el viernes con una indigestión moral. La existencia le parecía absurda y el único deseo que lo motivó a seguir adelante fue la ilusión de Rosita. Esa noche recibiría la respuesta y se terminaría esa lucha de contradicciones que le quitaba más el sueño que las peores pesadillas. Lo llamaron con urgencia de la morgue. Había un hombre parecido a Rufino.

Cuando el inspector llegó, Nacho lo recibió con cara de pocos amigos. Se encaminaron a lugar donde estaba el fiambre, hablaron con el forense y supieron que el actor había sufrido un paro cardiaco en un hotelillo barato. La muerte lo había sorprendido con una sobredosis de viagra, alcohol y dos mujeres de la mala vida. Se encontró solo un carné de la sociedad de actores falsa con el nombre de Rufino Andrade. Se confirmó su identidad y se consiguió una orden de registro para investigar las causas de su fallecimiento. Velasco encontró el arma del crimen. Un puñal con empuñadura de piedra. Con un grabado oriental. Un arma bastante letal en manos expertas. Se declaró a Rufino culpable del asesinato de Marcial. En las actas figuraba Rufino como el asesino. Se había presentado como repartidor de Pizza, había asestado un golpe mortal en el pecho de su víctima, luego se había escabullido sin dejar rastro. Durante un tiempo no se presentó en su domicilio y al final lo encontraron en un hotel de mala muerte.

Velasco se puso su mejor traje y se presentó puntual a la cita con Rosa. Ella salió de su turno dos horas antes y al encontrarse con Eduardo le entregó su carta. Velasco se desconcertó. Rosa le indicó que leyera la respuesta y que no lo tomara muy a pecho. Se despidieron y Velasco se fue a tomar unas copas.

En el bar, el cantinero le hizo la conversación. Velasco estaba triste. Cuando le preguntó Ramón, sirviéndole la copa de whisky, el porqué de su desgracia, Velasco le extendió una nota que decía:

Lo siento inspector, lo esperé por mucho tiempo. El destino ha querido que sea otro hombre el merecedor de mi amor. Perdóneme.

Rosita.












viernes, 12 de septiembre de 2025

Reto 14

 






El Reloj de las Eras

Instrucciones: Escribe un relato corto (1000 palabras) que incorpore elementos fantásticos, utilizando el siguiente punto de partida y requisitos.

Punto de partida:
En un mercado ambulante que aparece solo bajo la luz de la luna llena, un/a protagonista encuentra un puesto misterioso atendido por una figura encapuchada. Entre los objetos extraños, destaca un reloj de bolsillo que no marca horas, sino "eras". Al tocarlo, el/la protagonista es transportado/a a un mundo donde un elemento fantástico de tu elección (por ejemplo, dragones, magia elemental, portales interdimensionales, criaturas mitológicas) define la realidad. Sin embargo, el reloj tiene un defecto: cada vez que se usa, algo o alguien importante para el/la protagonista se desvanece de su vida original.

Requisitos:

  1. Elemento fantástico central: Introduce un elemento fantástico único (por ejemplo, un bosque donde los árboles susurran profecías, un río que fluye hacia arriba, o una ciudad flotante gobernada por sombras). Describelo con detalles vívidos para sumergir al lector.
  2. Conflicto: El/la protagonista debe enfrentar un dilema moral relacionado con el uso del reloj. ¿Vale la pena explorar este mundo fantástico a costa de perder algo valioso en su vida?
  3. Personaje secundario: Incluye un personaje del mundo fantástico que guía, engaña o desafía al/a la protagonista. Este personaje debe tener una motivación clara que conecte con el elemento fantástico.
  4. Cierre: El relato debe concluir con una decisión del/de la protagonista sobre si seguir usando el reloj o abandonarlo, y las consecuencias de esa elección.

Opcional: Agrega un giro inesperado relacionado con el funcionamiento del reloj o la verdadera naturaleza del mercado ambulante.

Plazo de entrega: 10 de octubre de 2025

Envía tu relato a : cristobaleh@hotmail.com







Humancé

La noche comenzaba a caer, una neblina satinada impedía ver bien las calles. Olivar siguió andando guiado por una sensación extraña. Escuchó unas voces que lo invitaban a mirar y comprar mercancías. Estaba en un mercado ambulante, los puestos iluminados por la luz de una luna ausente, dejaban ver todo tipo de objetos. Le llamó la atención un puesto de libros viejos. El encargado era un hombre delgado, vestido a la antigua con una bata de fraile. La capucha impedía verle el rostro. Cogió un libro viejo, rancio que tenía el título: “El hombre desnudo”. Lo abrió y leyó unas cuantas líneas. Quedó intrigado y fascinado a la vez.

—Me llevo este—dijo Olivar sacando unos billetes de su bolsillo.

—Son treinta pesos, joven— respondió el encargado con una voz profunda.

Una luz brilló con fuerza y Olivar vio un reloj en la muñeca del hombre. Sintió curiosidad.

—¿Puedo verlo? —preguntó señalando con el libro.

Hubo una pausa larga. Olivar creyó que el hombre no lo había oído y se iba a retirar cuando le llegó la respuesta.

—No es un reloj habitual joven, ni siquiera marca las horas y tiene una carátula extraña que cambia cada vez que alguien la ve—agregó extendiendo la mano.

Olivar se acercó para ver mejor el objeto. Cogió la muñeca del hombre y se quedó tratando de comprender que mostraba el reloj. Pronto se dio por vencido porque las manchas caleidoscópicas no le decían nada. Se giró y comenzó a alejarse y volteó de reojo, pero le pareció que aquel tianguis ya no estaba. Caminó una media hora y llegó a su casa. Su madre ya se había acostado y en la mesa había un plato con frijoles refritos y un trozo de carne adobada. Las tortillas estaban viejas y tiesas, pero la comida le supo bien.

A la mañana siguiente notó que no estaba en su cama. Se asombró porque estaba a la intemperie, los mosquitos no dejaban de molestarlo y la humedad lo hizo jadear. Notó el sonido del follaje y el canto de los pájaros. Casi le da un infarto al ver sus brazos y piernas, pues estaban cubiertos de pelo áspero. Se tocó con insistencia pensando que era un sueño, pero la realidad no acudía a su ayuda. Corrió hacía un estanque y se miró. El corazón le latía como si fuera a explotar y sudaba. De pronto lloró y empezó a revolcarse en la hierba.

Alguien le tiró un palo por la espalda. Se giró y vio a tres chimpancés adultos, tenían aspecto amenazador. Comenzar a hacer un ruido estruendoso, golpeaban el piso con fuerza y se acercaban haciendo movimientos agresivos. Olivar vio unas piedras y comenzó a lanzarlas. Acertó dos veces y los monos se apaciguaron. Al ver que su jefe sangraba por la cabeza y no podía mantenerse en pie, se dieron a la fuga.

—¿Qué está pasando? —preguntó.

El gran chimpancé lo miró agonizante y contestó:

—Todos están buscando al humancé.

Fue todo lo que alcanzó a decirle.

Olivar no podía reponerse, su desgracia era un desierto atormentador, lleno de refunfuños y quejidos. Empezó a sentir hambre, pero no le apetecía nada de lo que tenía a su alrededor. Veía a otros primates desde lejos y probaba las cosas que se llevaban a la boca, pero lo único que experimentaba era asco. Decidió cazar y asar carne. No pudo atrapar roedores, eran demasiado escurridizos, los insectos se le quemaban, no quería enfrentarse a los felinos porque eran muy agresivos. Se quedó soportando su hambre bajo un enorme árbol. 

Una mañana empezó a delirar, vio cerca un ser extraño y pequeño. Se acercó y con todas sus fuerzas lo sujetó, luego sin poderse contener le empezó a arrancar trozos. Sus dientes se hundían con facilidad en su tierna carne, pero pronto sació su hambre y se echó a dormir. Cuando despertó notó que se acercaban unos hombres. Los miró con curiosidad y se puso de pie. Pensó que tal vez ellos le podrían explicar lo que estaba pasando. Cuando los hombres lo vieron aproximarse comenzaron a disparar.

¡No lo maten!!No lo maten! —gritaba alguien enfurecido—. ¡Lo quiero vivo para poder destazarlo con mis manos!

Olivar se espantó y echó a correr, pero no tenía la capacidad de un hombre, ni tampoco la agilidad de un mono.

Lo cogieron y lo ataron. Olivar empezó a gritar, les explicó que no tenía culpa de nada. Las respuestas no las entendió, el lenguaje era absurdo y rogó, imploró. De nada le sirvieron sus plegarias. Pronto se encontró con las manos extendidas hacia arriba. Sentía la corteza de un gran áspero árbol en su espalda. Un hombre se acercó, era el mismo que le había vendido el libro. Esta vez si vio su rostro. Era un chimpancé. Le dijo que era Vester, el justiciero, que lo había ido a buscar con el reloj de las eras, que había tardado mucho tiempo en ajustar las coordenadas del espacio y tiempo.

—Eres la aberración de la naturaleza —le susurró con la misma voz seca del primer encuentro—. Eres el monstruo que nació de la perversión. La culpa es de tus progenitores. Jamás debió tu padre quedarse tanto tiempo entre los monos. Al final, desvarió y tu eres su pecado, eres el chivo expiatorio. Ahora, ahora mismo, pagarás por tus pecados.  

Olivar no pudo soportar que le arrancaran la piel, cayó en un desmayo tratando de buscar una salida que lo llevara por aquella calle nebulosa donde había tocado el reloj, pero no le alcanzó el sueño para hacerlo. Su cuerpo quedó colgado pudriéndose, mientras los insectos y animales carroñeros lo fueron dejando en los huesos.

                                                        JC


domingo, 7 de septiembre de 2025

Reto 13

 

"El Objeto Olvidado"

Descripción:
Escribe una historia corta (máximo 1000 palabras) centrada en un objeto aparentemente insignificante que alguien encuentra por casualidad. Este objeto, aunque parece ordinario (un botón, una carta vieja, una llave oxidada, etc.), desencadena una serie de eventos inesperados que cambian la vida del protagonista. La historia debe incluir un giro sorprendente al final.

Instrucciones:

  1. Elige el objeto: Selecciona un objeto cotidiano que no llame la atención a primera vista.
  2. Crea un contexto: Describe dónde y cómo el protagonista encuentra el objeto. ¿Es en un mercadillo, en el fondo de un cajón, en la calle?
  3. Desarrolla la trama: El objeto debe conectar al protagonista con algo mayor: un secreto, un misterio, una conexión con otra persona o un evento del pasado/futuro.
  4. Incluye un giro: El final debe sorprender al lector, revelando algo inesperado sobre el objeto o su impacto.
  5. Tono y estilo: Libre, pero debe enganchar al lector desde el principio.

Ejemplo de inicio para inspirarte:
"Entre el polvo de un mercado de antigüedades, Clara encontró un viejo relicario con un candado roto. No sabía por qué, pero algo en su diseño desgastado la hizo comprarlo por un par de monedas. Esa noche, al abrirlo, una melodía desconocida comenzó a sonar, y con ella, una voz que susurraba su nombre..."

Plazo de entrega: 25 de septiembre de 2025

Envía tu texto a: cristobaleh@hotmail.com





El botón

Federico López estaba sentado en la cama mirando a través de la ventana. Eran las doce del día y la luz entraba con fuerza llenando la habitación con una tibieza femenina. Había un olor dulzón que hacía piruetas en el aíre cuando entraba un poco de aíre por la rendija de la ventana. Con los ojos extraviados, clavados en las ventanas del edificio de enfrente, Federico, pensaba que no tenía fin la franja negra por la que había caminado ya seis meses. Primero el casero le dijo que desocupara el piso porque lo necesitaba para un familiar, no tenían contrato, así que se tuvo que ir con sus dos maletas a buscar quien lo asilara. Su hermana le dijo que, por desgracia, mas no tenían espacio, que Rubén ya estaba en el bachillerato y se había llevado a vivir a la novia con él. Luego vino el recorte de personal, al principio se sentía seguro, pero la fluctuación de la moneda, la caída en bolsa de las acciones de la empresa y las malas relaciones con el contable crearon un ocre cultivo de venganzas y puñaladas tramperas que acabaron con el departamento de asesoría comercial. Por último, Aída, todo era posible, menos que ella le diera la espalda. Con lágrimas amargas, Federico, salió de la cafetería escupienndo la bilis que le había llenado la boca. No protestó, no recriminó nada, lo único que dijo fue que nunca se habría imaginado que siempre la había compartido quedándose solo con las penas, los ratos de silencio, los gastos y las migajas del supuesto amor que le brindaba

¿Qué podía hacer? El optimismo se le había desecado, pero no pensaba en abandonar la vida, de cualquier forma, todo pasaría. Trató de ver las cosas menos grises. Se fue a una cafetería y pidió un café. Quería ver la vida desde la barrera, deseaba ver en los demás el éxito que le era vedado. Vio a unos enamorados y sintió un fuerte hormigueo en las piernas cuando se dio cuenta de que las parejas irradiaban algo meloso con aroma de sinceridad. Se despojó de sus recuerdos y los tiró al abismo del olvido. Tenía que hacer algo con urgencia, la vida le había enseñado que la pasividad es el peor enemigo. “Haz algo, todos los días, que pueda mejorar tu futuro— se había dicho desde siempre—porque siempre irás a peor y eso del futuro luminoso es la peor patraña que existe”.

Fue a la casa de su tío. El pobre Amancio ya no oía muy bien, tenía sus achaques y la familia lo cuidaba como si fuera una pieza de museo. En realidad, no había cruzado la línea de los setenta, pero por la enclenque salud que había tenido siempre pagaba las osadías de su juventud. Al ver a Federico lo abrazó y lo llevó a su habitación. Con voz baja le dijo:

—Querido, Fede, de mis sobrinos tú eres a quien más aprecio, Sé que ya no me queda mucho en este pérfido mundo y quiero que me ayudes a conservar algo muy valioso que tengo. En mi casa ya sabes cómo son todos. Incrédulos, vanidosos, muy alzados todos. Lo que te voy a dar requiere estar en manos seguras. Prométeme que nunca te desharás de él.

—Te lo juro—dijo para complacer al pariente que ya no se le parecía en nada—. Confía en mí, tío.

Entonces sacó una camisa de rayas limpia pero muy desgastada y zurcida.

—Quiero que guardes esto hasta el último día de tu vida y pase lo que pase, no la pierdas ni la tires porque tiene un enorme valor.

Con mucha desconfianza y un poco de rechazo, Federico cogió la prenda.

—Te lo prometo, tío Amancio. Pase lo que pase…—hizo un gesto de aprobación y se puso la camisa bajo el brazo—.

Salió un poco deprimido mirando el paquete que ahora tendría que cuidar como a las niñas de sus ojos. Cuando llegó a su habitación, saludó a la señora Ana que le recordó que pronto tendría que pagar la mensualidad. Él afirmó y se fue a esconder. Una vez en el cuarto sacó la camisa y la puso en una percha, pero sintió que había algo en el bolsillo. Espulgó un poco y vio un botón raro. Era de metal y parecía de un uniforme, pero parecía hueco y formado por dos partes. Lo agitó y creyó oír algo. Entonces giró la parte inferior en sentido contrario y el botón se dividió. Separó la parte superior y vio con mucho asombro que era una minúscula brújula. Lo tomó como una broma y la dejó sobre la mesa.

Al día siguiente se despertó con hambre. Eran ya las once de la mañana y sentía una pequeña urgencia. Se vistió y salió a tomar el desayuno en una cafetería. De pronto, surgieron las imágenes de su sueño. Había visto a su tío Amancio de joven y escuchó la historia que siempre contaba, pero había un detalle que sabía que nunca había mencionado. Era que esa camisa de su padre le había salvado la vida y que cuando llegara el momento se la salvaría a otro miembro de la familia. Sin ser consciente de lo que hacía giró en una calle en la que unos hombres asaltaban a una mujer, entonces sintió que en el bolsillo algo vibraba, corrió hacia un policía para avisarle del delito. Más tarde entró en un edificio de oficinas y un hombre le preguntó si necesitaba trabajo. Hablaron unos minutos y le ofrecieron un puesto. Quedó de ir al día siguiente. Cuando se dirigía al parque para comerse un helado se sentó junto a una mujer que lo miró con curiosidad. Era joven y atractiva, aunque había unas marcas de viruela en su cara y bajaba un poco el rostro al hablar. Federico la invitó a comer, se sentía muy atraído. Al día siguiente le aconsejó a una secretaria que pusiera atención en su trabajo y su alimentación. Un mes después ella se lo agradeció. Le contó que se había salvado de un infarto. Pasó el tiempo y Federico se convirtió en un amuleto de la buena suerte.

                                                                        Juan Cristóbal





miércoles, 3 de septiembre de 2025

Reto 12

 

Reto de Escritura Creativa: La Carta Misteriosa

Instrucciones: Escribe una historia corta (de 1000 palabras) basada en el siguiente disparador:

Encuentras una carta antigua en el desván de tu casa. Está escrita a mano, con una caligrafía elegante, y está dirigida a alguien con tu mismo nombre, pero fechada hace 100 años. La carta menciona un secreto que debe permanecer oculto "a toda costa".

Puntos a incluir:

  • Describe cómo encuentras la carta y qué sientes al leerla.
  • ¿Qué pistas da la carta sobre el secreto? (No es necesario revelarlo completamente).
  • Incluye un giro inesperado al final de la historia.

Opcional: Si quieres un desafío extra, escribe la historia desde la perspectiva de un objeto inanimado (por ejemplo, la carta misma, una lámpara en el desván, etc.).

Consejo: Usa detalles sensoriales (vista, tacto, olor) para hacer la escena más vívida.

Plazo de entrega 15 de septiembre

Enviar el escrito a:

cristobaleh@hotmail.com






A Ferdinand

Ferdinand estaba leyendo un libro de historia para preparar su clase sobre el general Philippe Pétain. No quería ser superficial y tedioso, pues tenía impuesta la norma de lo políticamente correcto, ya que el rector había sido muy claro en la última reunión anual.

 “Señores, les pido de favor que no hagan referencia a ninguna posición o actitud antisemita en las clases, sobre todo en las de historia. Y si es necesario ocultar o suavizar alguna opinión de nuestros grandes líderes y héroes del pasado, tendremos que hacerlo, pero de una forma imperceptible, usen la retórica en favor de la comunidad académica. Muchas gracias”.

No tenía más remedio que centrarse en los acontecimientos más trascendentales y evitar algunos datos comprometedores. Le surgió la duda sobre la condición mental de aquel héroe venido a menos. En realidad, era normal que un hombre que había llegado a los noventa y cinco años, tuviera despistes y olvidos durante su trayectoria militar y política, pero ¿qué consecuencias había traído dejarlo en el poder? ¿se habría podido predecir lo que iba a hacer?

Ya había consultado varios de los libros que tenía sobre él, pero lo oprimía una sensación de vacío, algo faltaba, había un detalle escurridizo que se le había ido a los biógrafos. Cogió los libros de Pellissier, de Lottman, Atkin, William y se puso a hacer anotaciones sobre todo lo que había subrayado en sus lecturas de estudiante. Hizo un diagrama mental de las referencias biográficas, los autores, los sucesos más importantes en la vida del caudillo galo y dejó un espacio para poner las cosas que debía evitar como el antisemitismo, la enfermedad del Alzheimer y las graves consecuencias de sus indecisiones en la senectud.

Una vez terminado el croquis, se sentó frente al ordenador y se puso a buscar noticias. Le llamó mucho la atención que los medios informativos habían comenzado a cambiar su retórica. Ya no había beligerancia en la actitud de los locutores y presentadores. El tono era más realista y se percibía que se estaba encubriendo algo. Decidió ir a los medios alternativos y confirmó sus sospechas. El país estaba al borde de una crisis. Ya habían pasado los cuatro años obligatorios desde la última burbuja y era el momento de prepararse para el sunami. Se consoló pensando en que lo poco que tenía estaba invertido en oro y que muy probablemente su capital iría al alza. Recordó a Marie que le dijo:

“Ferdinand, he oído a los profes de economía y todos dicen que el dólar se va al carajo, que es el momento de comprar oro, ¿tú tienes dinero en el banco?”.

Fue ridícula la suma que mencionó Ferdinand, pero aún así, se compró una onza y se la llevó a su casa con la esperanza de que en el futuro creciera su valor. Comió tranquilamente, disfrutó de uno de sus mejores vinos y, cuando se disponía a ducharse, sucedió algo muy extraño. La luz de las lámparas comenzó a parpadear, el sonido se difuminó y sintió que algo le dolía. Era la pierna que se le había acalambrado, entonces despertó.

Ya eran las nueve de la mañana. Se levantó y se fue a duchar. Durante el baño estuvo pensando en su sueño. Era muy extraño que se le hubieran revelado tantas cosas de un hombre del que apenas había leído algo. Si era verdad que era profesor de historia, pero su especialidad era la historia universal y sabía más del mundo antiguo que del moderno, además no le interesaba nada de lo que decían Fukuyama, Harari y otros pensadores a los que consideraba oportunistas y fantoches. Decidió afeitarse la barba, no le gustaban las canas que comenzaban a darle un tono gris a su mentón. Al verse desbarbado le sorprendió su aspecto. Ya no encajaba con el hombre de facciones finas de antes. Se le había manchado la parte superior de la cara, pero las ojeras se disimulaban más y eso le agradó. Se preparó el desayuno, miró su horario por si se le había olvidado algo y confirmó que solo tenía dos clases por la tarde. Tenía toda la mañana para prepararse y repasar algún pasaje de interés, incluso podría ver una de sus películas favoritas como la de Alejandro Magno con Richard Burton y Claire Bloom o Espartaco.

De pronto, recordó que en el desván se había dejado, hacía muchos años, una colección de almanaques y sintió curiosidad, quiso recordar aquellas lecturas estudiantiles que le gustaban tanto. Recordó el programa de radio en el que comenzaban la transmisión con la frase.:

“En un día como este, pero de 1972…”.

¡Cuánto echaba de menos aquella época! En la que el tiempo era más tangible, días en los que era importante encontrarse con los amigos o con alguna novia para disfrutar de los placeres de la vida. Ventanas del tiempo para gozar, incluso, de aquellos momentos agridulces que habían sido infravalorados. Subió por la estrecha escalera y tuvo que encorvarse bastante para entrar a aquel espacio húmedo y con olor a rancio. Encontró los libros que buscaba y su vista se encontró con un ejemplar de Richard Griffiths. Le pareció muy extraño encontrar ese libro. Quizás fuera su padre quien lo había adquirido y lo había abandonado allí. Tenía pasta dura y las hojas estaban amarillas, era una edición de 1970. ¿Qué hacía allí? Lo abrió por curiosidad y encontró una carta.

Querido Ferdinand, soy tu abuelo real, te hemos dado en adopción, pero eres de la familia Petán. Sé, por intuición, que serás historiador. Te pido, por favor, que, si alguna vez llegas a hablar de mí, tomes en consideración que nunca sufrí la pérdida de mis facultades mentales y fui consciente de todo lo que hice. ¡Que me juzgue la historia! No tenga nada más que decir. Te quiero y respetaré siempre tu opinión sobre mí.

Tu abuelo,

Enrique Felipe Homero Benoua Petán

                                                                                       Juan Cristóbal






viernes, 15 de agosto de 2025

Reto 11

 

 Escribir una historia que transcurre en un escenario antiutópico. Por ejemplo, una sociedad indeseable, en la que lo que se tenía como ideal a resultado muy desfavorable. 

Límite de palabras: 1000

Fecha límite de entrega: 1 de septiembre.

!Manos a la obra! !El mundo necesita tus palabras!

Enviar el cuento a:

cristobaleh@hotmail.com






El lenguaje participativo y global

Marc entró en la oficina. Su jefe estaba sentado fumando un puro, llevaba cuatro tazas de café y había terminado de revisar los artículos de la redacción.
—¡Hombre! ¡Qué bien que has llegado, Marc! ¡Siéntate, siéntate!
—Gracias, ¿para qué soy bueno?
—Pues, te lo voy a decir sin rodeos… El caso es que ya llegó la disposición… —miró con curiosidad a Marc, tratando de captar su reacción, pero él estaba muy desorientado—. ¡Vamos, Marc, no me digas que se te olvidó, ¿eh?
—Pues, lo siento mucho, pero no sé de qué se trata…
—¡Oh, Marc, es lo del nuevo plan informativo, ya sabes, la nueva forma de redactar los artículos!
—¡Ah! Eso de las normas y reglas… Ya hasta lo había olvidado…
—No te preocupes, Marc, Liza te dará las instrucciones. En tu departamento ya todos están al tanto, así que échale un vistazo y, cuando escribas el primer artículo, me lo traes para que lo revisemos. ¡Manos a la obra, muchacho! —Dio una fuerte bocanada al puro y se sobó la barriga en señal de que se le estaba despertando el apetito—. Mary, ¿le puedes decir a James que en diez minutos bajamos al bar?

Marc encontró unas copias sobre su mesa. Encendió el ordenador y comenzó a leer, sin profundizar mucho, las nuevas reglas. Alguien tenía una radio encendida. Marc se concentró para oír mejor.
“Digital Erre informa. Queridos amigos, desde hoy está disponible en el Boletín Oficial del Estado la nueva forma de comunicación que seguiremos para defender la veracidad y la democracia. Tenemos como invitado al ministro de comunicación y propaganda…”

Marc llegó a su casa alrededor de las nueve. Se duchó, se preparó la cena, tomó un poco de vino y se fue a dormir.

Durante la semana, se fue acostumbrando a las nuevas condiciones de redacción. “No es necesario profundizar en eso, Marc, quítalo, por favor… Eso está de más, Marc, bórralo… Eso no se ajusta a lo políticamente correcto, Marc, investiga más y corrígelo…” La presión del jefe era fuerte y los deseos de Marc de informar sin ser tendencioso y con veracidad se fueron desvaneciendo. Su rechazo a las frases hechas, las palabras obligatorias y las frases cortas desapareció gracias a la resignación impuesta que no le dejaba ningún margen de libertad.

Después de un mes, nadie habría reconocido al rebelde y sincero Marc. Se había transformado en un periodista alineado, su cuerpo era más endeble, su rostro más gris y, en lugar de su sonrisa burlona, había un arco de labios que le daba un aire de fracasado.

Su novia Ennia también había sufrido los cambios y estaba preocupada. Ya no discutían sobre los problemas globales, ya no defendían causas y sus fuertes discusiones se habían terminado. Cualquiera habría pensado que, por fin, la tensión y la rivalidad les habían dejado un nicho tibio, lleno de armonía, pero no era así. Sus miradas siempre eran cómplices, trataban de enviar un mensaje, todo aquello que era imposible de transmitir con la voz.

Ennia seguía bella, trataba de emitir la buena vibra, la alegría que la caracterizaba. Lo más importante era usar el lenguaje con corrección, ya que, por sus impulsos, habían tenido que pagar varias multas en los últimos meses. Marc la llamó para desayunar en la terraza.


—¡Qué bien te ves hoy, querida! ¡Cada día, la comida sana te mejora! ¡Es sensacional!
—¡Gracias, Marc! Tú también luces bien. Creo que la práctica de la meditación y, sobre todo, tu empeño en el trabajo nos ha traído muy buenos beneficios.

Aunque alguien los hubiera visto y notado claramente que sus palabras no coincidían con su aspecto, no se habría atrevido a contradecirlos, ya que el control de las nuevas reglas era tan estricto que criticarlas o cuestionarlas conllevaba una sanción administrativa.

La gente aparentaba vivir en armonía, evitaba ver las cámaras en los exteriores y, si notaba algo raro, de inmediato decía frases como: ¡Qué bien funciona el transporte público! ¿No es verdad? O ¡Cada día mejora la economía y todos aprobamos las medidas del gobierno para financiar sus planes de desarrollo! Las madres resaltaban los beneficios de la educación y la gente enaltecía las ventajas de los nuevos horarios y sueldos. Los adolescentes aplaudían las sugerencias de ocio y convivencia juvenil, mostrando los broches con insignias estatales de sus comunidades virtuales.

Al final, la gente se las ingenió para transmitir sus emociones y pensamientos con expresiones de los ojos. Muy abiertos significaban aburrimiento; entrecerrados, acuerdo y rebeldía; brillantes, odio y hartazgo; lacrimosos, apatía o indiferencia; fulminantes y amenazadores, felicidad.

Con el tiempo, la gente automatizó el lenguaje y los gobiernos aprendieron a descifrar las miradas, así que los ojos jamás volvieron a ser del alma, o al menos de almas felices.

                                                                           Juan Cristóbal





Cuento policíaco Nº 1

  Eduardo Velasco- Crimen pasional Cogió el estropajo abundante de espuma y comenzó a fregar los platos. Al fondo se oían las conversacion...