Eran las ocho de la mañana y el hombre se había terminado el café. Miró por la ventana el desolado día. Una lluvia fina caía como si hubieran puesto una manguera de riego sobre su casa. No hacía frío, el viento fresco soplaba como si proviniera de un ventilador que soplaba con intermitencias. Sabía que ya le habían dejado la carta. Había visto al viejo Joe en su bicicleta, pedaleando a su ritmo de topo cansado ocultándose bajo su chubasquero. Luego su buzón oxidado y descolorido que emitió ese raro rechinido que solía hacer cuando llegaba precisamente esa carta. Tal vez, Joe lo hacía para anunciarla, o quizás fuera algo ya personal que se repetía cada año. Mallone recordaba las primeras veces en que aquella hoja vacía, con solo una letra, le había despertado la imaginación y había pensado en todo tipo de cosas como la anunciación, un amor perdido, una amistad inesperada y anónima, la angustia, la abstinencia, la ayuda, entre otras cosas; pero nada había cambiado, ni siquiera había recibido pistas. Ahora, solo sentía indiferencia.
Salió en
chanclas, abrió la puertecita de metal, sacó la carta la miró sin interés y
volvió. Abrió su gaveta del escritorio y arrojó la misiva como si se tratara de
una carta de naipes. El sobre blanco se unió a sus quince hermanas gemelas.
Recordó que estaba leyendo un libro. Lo cogió y se fue al diván. Se sumergió en
una lectura suave, ligera y sin muchas imágenes. Estuvo así media hora y se
detuvo de pronto. De lo que había leído no recordaba nada. Se había deslizado
por las líneas como descendiendo por un enorme tobogán sin que se le generara
alguna idea o imagen en la mente. Solo había balbuceado las palabras en su
mente sin entender el contenido. Se extrañó y pensó que era el autor quien, por
su falta de talento, no le lograba transmitir el mensaje de la historia. Empezó
de nuevo y, media hora después, se encontró con el mismo problema.
Se quedó
pensando en lo poco habitual de la situación. No era posible que después de
haber leído y releído un fragmento tan largo no hubiera sacado nada memorable,
es más no solo no había percibido el contenido, sino que al leer las palabras
le había parecido que desaparecían en cuanto las terminaba de leer sin dejarle
nada. Sabía que una gran mayoría de escritores noveles tenía esa virtud y por
eso era selectivo con sus libros. Ahora, la realidad era otra porque resultaba
que no solo Marcel Proust y Thomas Pynchon tenían ese poder e intención de
sumergir al lector en un laberinto de voces cadenciosas, que servían como
aquellas canciones de las sirenas de la Odisea, sino que el mismísimo Flaubert
también lo hacía.
Los
tiempos nuevos y la tecnología habían traído esta nueva enfermedad de olvido o
de incapacidad para imaginar las cosas. Tal vez, esa carta era un aviso y la
letra una propuesta, un juego para reconstruir una capacidad extraviada. Creyó
estar descubriendo algo realmente importante. Se desquebrajó la gélida telaraña
de años de ignorancia nómada y volvió a sentir la curiosidad de aquel primer
día cuando abrió el sobre y vio aquella letra.
Se sentó
en su escritorio, abrió el cajón y acomodó las quince cartas. Luego abrió el
diccionario en la letra A y comenzó a escribir.
Primera
letra del abecedario, sirve como preposición que indica la dirección y acompaña
muchos verbos para indicar que son del caso acusativo…prefijo de origen griego
que indica negación o negación, anormal…repetida por duplicado es un ave
marina…También, denomina un linaje sacerdotal…
Cuando
llegó a la última, la décimo quinta que era abadesa, comprendió que
tenía que reconstruir algo, pero no sabía qué era exactamente. Su pensamiento
se despertó con resaca, como después de un sueño abundante, largo y
desgastante. Pensó en muchas posibilidades, pero al final le pareció que tenía
que escribir algo con las descripciones de los quince significados de las
primeras palabras del abecedario con esa letra.
El
resultado fue aceptable y logró despertar el interés en Mallone. Una pregunta
lo llevó al ensimismamiento, cuántas cartas más le quedarían por recibir y
seguirían enviando la misma letra o pasarían a la siguiente. No se quiso romper
mucho la cabeza y volvió a la lectura. Cambió de libro por si las dudas y
escogió “Alrededor de la Luna” de Julio Verne. Le satisfizo mucho que volvieran
las imágenes de las palabras.

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