El Reloj de
las Eras
Instrucciones: Escribe un relato corto (1000 palabras) que incorpore elementos
fantásticos, utilizando el siguiente punto de partida y requisitos.
Punto de partida:
En un mercado ambulante que aparece solo bajo la luz de la luna llena, un/a
protagonista encuentra un puesto misterioso atendido por una figura
encapuchada. Entre los objetos extraños, destaca un reloj de bolsillo que no
marca horas, sino "eras". Al tocarlo, el/la protagonista es
transportado/a a un mundo donde un elemento fantástico de tu elección (por
ejemplo, dragones, magia elemental, portales interdimensionales, criaturas
mitológicas) define la realidad. Sin embargo, el reloj tiene un defecto: cada vez
que se usa, algo o alguien importante para el/la protagonista se desvanece de
su vida original.
Requisitos:
- Elemento fantástico central: Introduce un elemento
fantástico único (por ejemplo, un bosque donde los árboles susurran
profecías, un río que fluye hacia arriba, o una ciudad flotante gobernada
por sombras). Describelo con detalles vívidos para sumergir al lector.
- Conflicto: El/la protagonista debe
enfrentar un dilema moral relacionado con el uso del reloj. ¿Vale la pena
explorar este mundo fantástico a costa de perder algo valioso en su vida?
- Personaje secundario: Incluye un personaje del
mundo fantástico que guía, engaña o desafía al/a la protagonista. Este
personaje debe tener una motivación clara que conecte con el elemento
fantástico.
- Cierre: El relato debe concluir con
una decisión del/de la protagonista sobre si seguir usando el reloj o
abandonarlo, y las consecuencias de esa elección.
Opcional: Agrega un giro inesperado relacionado con el funcionamiento del reloj o
la verdadera naturaleza del mercado ambulante.
Plazo de entrega: 10 de octubre de 2025
Envía tu relato a : cristobaleh@hotmail.com
Humancé
La noche comenzaba a caer, una neblina satinada impedía ver
bien las calles. Olivar siguió andando guiado por una sensación extraña. Escuchó
unas voces que lo invitaban a mirar y comprar mercancías. Estaba en un mercado
ambulante, los puestos iluminados por la luz de una luna ausente, dejaban ver
todo tipo de objetos. Le llamó la atención un puesto de libros viejos. El encargado
era un hombre delgado, vestido a la antigua con una bata de fraile. La capucha impedía
verle el rostro. Cogió un libro viejo, rancio que tenía el título: “El hombre
desnudo”. Lo abrió y leyó unas cuantas líneas. Quedó intrigado y fascinado a la
vez.
—Me llevo este—dijo Olivar sacando unos billetes de su
bolsillo.
—Son treinta pesos, joven— respondió el encargado con una
voz profunda.
Una luz brilló con fuerza y Olivar vio un reloj en la muñeca
del hombre. Sintió curiosidad.
—¿Puedo verlo? —preguntó señalando con el libro.
Hubo una pausa larga. Olivar creyó que el hombre no lo había
oído y se iba a retirar cuando le llegó la respuesta.
—No es un reloj habitual joven, ni siquiera marca las horas
y tiene una carátula extraña que cambia cada vez que alguien la ve—agregó
extendiendo la mano.
Olivar se acercó para ver mejor el objeto. Cogió la muñeca
del hombre y se quedó tratando de comprender que mostraba el reloj. Pronto se
dio por vencido porque las manchas caleidoscópicas no le decían nada. Se giró y
comenzó a alejarse y volteó de reojo, pero le pareció que aquel tianguis ya no
estaba. Caminó una media hora y llegó a su casa. Su madre ya se había acostado
y en la mesa había un plato con frijoles refritos y un trozo de carne adobada.
Las tortillas estaban viejas y tiesas, pero la comida le supo bien.
A la mañana siguiente notó que no estaba en su cama. Se
asombró porque estaba a la intemperie, los mosquitos no dejaban de molestarlo y
la humedad lo hizo jadear. Notó el sonido del follaje y el canto de los
pájaros. Casi le da un infarto al ver sus brazos y piernas, pues estaban
cubiertos de pelo áspero. Se tocó con insistencia pensando que era un sueño,
pero la realidad no acudía a su ayuda. Corrió hacía un estanque y se miró. El
corazón le latía como si fuera a explotar y sudaba. De pronto lloró y empezó a
revolcarse en la hierba.
Alguien le tiró un palo por la espalda. Se giró y vio a tres
chimpancés adultos, tenían aspecto amenazador. Comenzar a hacer un ruido
estruendoso, golpeaban el piso con fuerza y se acercaban haciendo movimientos
agresivos. Olivar vio unas piedras y comenzó a lanzarlas. Acertó dos veces y
los monos se apaciguaron. Al ver que su jefe sangraba por la cabeza y no podía
mantenerse en pie, se dieron a la fuga.
—¿Qué está pasando? —preguntó.
El gran chimpancé lo miró agonizante y contestó:
—Todos están buscando al humancé.
Fue todo lo que alcanzó a decirle.
Olivar no podía reponerse, su desgracia era un desierto
atormentador, lleno de refunfuños y quejidos. Empezó a sentir hambre, pero no
le apetecía nada de lo que tenía a su alrededor. Veía a otros primates desde
lejos y probaba las cosas que se llevaban a la boca, pero lo único que
experimentaba era asco. Decidió cazar y asar carne. No pudo atrapar roedores,
eran demasiado escurridizos, los insectos se le quemaban, no quería enfrentarse
a los felinos porque eran muy agresivos. Se quedó soportando su hambre bajo un
enorme árbol.
Una mañana empezó a delirar, vio cerca un ser extraño y
pequeño. Se acercó y con todas sus fuerzas lo sujetó, luego sin poderse
contener le empezó a arrancar trozos. Sus dientes se hundían con facilidad en
su tierna carne, pero pronto sació su hambre y se echó a dormir. Cuando
despertó notó que se acercaban unos hombres. Los miró con curiosidad y se puso
de pie. Pensó que tal vez ellos le podrían explicar lo que estaba pasando.
Cuando los hombres lo vieron aproximarse comenzaron a disparar.
¡No lo maten!!No lo maten! —gritaba alguien enfurecido—. ¡Lo
quiero vivo para poder destazarlo con mis manos!
Olivar se espantó y echó a correr, pero no tenía la
capacidad de un hombre, ni tampoco la agilidad de un mono.
Lo cogieron y lo ataron. Olivar empezó a gritar, les explicó
que no tenía culpa de nada. Las respuestas no las entendió, el lenguaje era
absurdo y rogó, imploró. De nada le sirvieron sus plegarias. Pronto se encontró
con las manos extendidas hacia arriba. Sentía la corteza de un gran áspero
árbol en su espalda. Un hombre se acercó, era el mismo que le había vendido el
libro. Esta vez si vio su rostro. Era un chimpancé. Le dijo que era Vester, el
justiciero, que lo había ido a buscar con el reloj de las eras, que había
tardado mucho tiempo en ajustar las coordenadas del espacio y tiempo.
—Eres la aberración de la naturaleza —le susurró con la misma
voz seca del primer encuentro—. Eres el monstruo que nació de la perversión. La
culpa es de tus progenitores. Jamás debió tu padre quedarse tanto tiempo entre
los monos. Al final, desvarió y tu eres su pecado, eres el chivo expiatorio. Ahora,
ahora mismo, pagarás por tus pecados.
Olivar no pudo soportar que le arrancaran la piel, cayó en
un desmayo tratando de buscar una salida que lo llevara por aquella calle
nebulosa donde había tocado el reloj, pero no le alcanzó el sueño para hacerlo.
Su cuerpo quedó colgado pudriéndose, mientras los insectos y animales
carroñeros lo fueron dejando en los huesos.
JC





