Cuentos policiacos

viernes, 12 de septiembre de 2025

Reto 14

 






El Reloj de las Eras

Instrucciones: Escribe un relato corto (1000 palabras) que incorpore elementos fantásticos, utilizando el siguiente punto de partida y requisitos.

Punto de partida:
En un mercado ambulante que aparece solo bajo la luz de la luna llena, un/a protagonista encuentra un puesto misterioso atendido por una figura encapuchada. Entre los objetos extraños, destaca un reloj de bolsillo que no marca horas, sino "eras". Al tocarlo, el/la protagonista es transportado/a a un mundo donde un elemento fantástico de tu elección (por ejemplo, dragones, magia elemental, portales interdimensionales, criaturas mitológicas) define la realidad. Sin embargo, el reloj tiene un defecto: cada vez que se usa, algo o alguien importante para el/la protagonista se desvanece de su vida original.

Requisitos:

  1. Elemento fantástico central: Introduce un elemento fantástico único (por ejemplo, un bosque donde los árboles susurran profecías, un río que fluye hacia arriba, o una ciudad flotante gobernada por sombras). Describelo con detalles vívidos para sumergir al lector.
  2. Conflicto: El/la protagonista debe enfrentar un dilema moral relacionado con el uso del reloj. ¿Vale la pena explorar este mundo fantástico a costa de perder algo valioso en su vida?
  3. Personaje secundario: Incluye un personaje del mundo fantástico que guía, engaña o desafía al/a la protagonista. Este personaje debe tener una motivación clara que conecte con el elemento fantástico.
  4. Cierre: El relato debe concluir con una decisión del/de la protagonista sobre si seguir usando el reloj o abandonarlo, y las consecuencias de esa elección.

Opcional: Agrega un giro inesperado relacionado con el funcionamiento del reloj o la verdadera naturaleza del mercado ambulante.

Plazo de entrega: 10 de octubre de 2025

Envía tu relato a : cristobaleh@hotmail.com







Humancé

La noche comenzaba a caer, una neblina satinada impedía ver bien las calles. Olivar siguió andando guiado por una sensación extraña. Escuchó unas voces que lo invitaban a mirar y comprar mercancías. Estaba en un mercado ambulante, los puestos iluminados por la luz de una luna ausente, dejaban ver todo tipo de objetos. Le llamó la atención un puesto de libros viejos. El encargado era un hombre delgado, vestido a la antigua con una bata de fraile. La capucha impedía verle el rostro. Cogió un libro viejo, rancio que tenía el título: “El hombre desnudo”. Lo abrió y leyó unas cuantas líneas. Quedó intrigado y fascinado a la vez.

—Me llevo este—dijo Olivar sacando unos billetes de su bolsillo.

—Son treinta pesos, joven— respondió el encargado con una voz profunda.

Una luz brilló con fuerza y Olivar vio un reloj en la muñeca del hombre. Sintió curiosidad.

—¿Puedo verlo? —preguntó señalando con el libro.

Hubo una pausa larga. Olivar creyó que el hombre no lo había oído y se iba a retirar cuando le llegó la respuesta.

—No es un reloj habitual joven, ni siquiera marca las horas y tiene una carátula extraña que cambia cada vez que alguien la ve—agregó extendiendo la mano.

Olivar se acercó para ver mejor el objeto. Cogió la muñeca del hombre y se quedó tratando de comprender que mostraba el reloj. Pronto se dio por vencido porque las manchas caleidoscópicas no le decían nada. Se giró y comenzó a alejarse y volteó de reojo, pero le pareció que aquel tianguis ya no estaba. Caminó una media hora y llegó a su casa. Su madre ya se había acostado y en la mesa había un plato con frijoles refritos y un trozo de carne adobada. Las tortillas estaban viejas y tiesas, pero la comida le supo bien.

A la mañana siguiente notó que no estaba en su cama. Se asombró porque estaba a la intemperie, los mosquitos no dejaban de molestarlo y la humedad lo hizo jadear. Notó el sonido del follaje y el canto de los pájaros. Casi le da un infarto al ver sus brazos y piernas, pues estaban cubiertos de pelo áspero. Se tocó con insistencia pensando que era un sueño, pero la realidad no acudía a su ayuda. Corrió hacía un estanque y se miró. El corazón le latía como si fuera a explotar y sudaba. De pronto lloró y empezó a revolcarse en la hierba.

Alguien le tiró un palo por la espalda. Se giró y vio a tres chimpancés adultos, tenían aspecto amenazador. Comenzar a hacer un ruido estruendoso, golpeaban el piso con fuerza y se acercaban haciendo movimientos agresivos. Olivar vio unas piedras y comenzó a lanzarlas. Acertó dos veces y los monos se apaciguaron. Al ver que su jefe sangraba por la cabeza y no podía mantenerse en pie, se dieron a la fuga.

—¿Qué está pasando? —preguntó.

El gran chimpancé lo miró agonizante y contestó:

—Todos están buscando al humancé.

Fue todo lo que alcanzó a decirle.

Olivar no podía reponerse, su desgracia era un desierto atormentador, lleno de refunfuños y quejidos. Empezó a sentir hambre, pero no le apetecía nada de lo que tenía a su alrededor. Veía a otros primates desde lejos y probaba las cosas que se llevaban a la boca, pero lo único que experimentaba era asco. Decidió cazar y asar carne. No pudo atrapar roedores, eran demasiado escurridizos, los insectos se le quemaban, no quería enfrentarse a los felinos porque eran muy agresivos. Se quedó soportando su hambre bajo un enorme árbol. 

Una mañana empezó a delirar, vio cerca un ser extraño y pequeño. Se acercó y con todas sus fuerzas lo sujetó, luego sin poderse contener le empezó a arrancar trozos. Sus dientes se hundían con facilidad en su tierna carne, pero pronto sació su hambre y se echó a dormir. Cuando despertó notó que se acercaban unos hombres. Los miró con curiosidad y se puso de pie. Pensó que tal vez ellos le podrían explicar lo que estaba pasando. Cuando los hombres lo vieron aproximarse comenzaron a disparar.

¡No lo maten!!No lo maten! —gritaba alguien enfurecido—. ¡Lo quiero vivo para poder destazarlo con mis manos!

Olivar se espantó y echó a correr, pero no tenía la capacidad de un hombre, ni tampoco la agilidad de un mono.

Lo cogieron y lo ataron. Olivar empezó a gritar, les explicó que no tenía culpa de nada. Las respuestas no las entendió, el lenguaje era absurdo y rogó, imploró. De nada le sirvieron sus plegarias. Pronto se encontró con las manos extendidas hacia arriba. Sentía la corteza de un gran áspero árbol en su espalda. Un hombre se acercó, era el mismo que le había vendido el libro. Esta vez si vio su rostro. Era un chimpancé. Le dijo que era Vester, el justiciero, que lo había ido a buscar con el reloj de las eras, que había tardado mucho tiempo en ajustar las coordenadas del espacio y tiempo.

—Eres la aberración de la naturaleza —le susurró con la misma voz seca del primer encuentro—. Eres el monstruo que nació de la perversión. La culpa es de tus progenitores. Jamás debió tu padre quedarse tanto tiempo entre los monos. Al final, desvarió y tu eres su pecado, eres el chivo expiatorio. Ahora, ahora mismo, pagarás por tus pecados.  

Olivar no pudo soportar que le arrancaran la piel, cayó en un desmayo tratando de buscar una salida que lo llevara por aquella calle nebulosa donde había tocado el reloj, pero no le alcanzó el sueño para hacerlo. Su cuerpo quedó colgado pudriéndose, mientras los insectos y animales carroñeros lo fueron dejando en los huesos.

                                                        JC


domingo, 7 de septiembre de 2025

Reto 13

 

"El Objeto Olvidado"

Descripción:
Escribe una historia corta (máximo 1000 palabras) centrada en un objeto aparentemente insignificante que alguien encuentra por casualidad. Este objeto, aunque parece ordinario (un botón, una carta vieja, una llave oxidada, etc.), desencadena una serie de eventos inesperados que cambian la vida del protagonista. La historia debe incluir un giro sorprendente al final.

Instrucciones:

  1. Elige el objeto: Selecciona un objeto cotidiano que no llame la atención a primera vista.
  2. Crea un contexto: Describe dónde y cómo el protagonista encuentra el objeto. ¿Es en un mercadillo, en el fondo de un cajón, en la calle?
  3. Desarrolla la trama: El objeto debe conectar al protagonista con algo mayor: un secreto, un misterio, una conexión con otra persona o un evento del pasado/futuro.
  4. Incluye un giro: El final debe sorprender al lector, revelando algo inesperado sobre el objeto o su impacto.
  5. Tono y estilo: Libre, pero debe enganchar al lector desde el principio.

Ejemplo de inicio para inspirarte:
"Entre el polvo de un mercado de antigüedades, Clara encontró un viejo relicario con un candado roto. No sabía por qué, pero algo en su diseño desgastado la hizo comprarlo por un par de monedas. Esa noche, al abrirlo, una melodía desconocida comenzó a sonar, y con ella, una voz que susurraba su nombre..."

Plazo de entrega: 25 de septiembre de 2025

Envía tu texto a: cristobaleh@hotmail.com





El botón

Federico López estaba sentado en la cama mirando a través de la ventana. Eran las doce del día y la luz entraba con fuerza llenando la habitación con una tibieza femenina. Había un olor dulzón que hacía piruetas en el aíre cuando entraba un poco de aíre por la rendija de la ventana. Con los ojos extraviados, clavados en las ventanas del edificio de enfrente, Federico, pensaba que no tenía fin la franja negra por la que había caminado ya seis meses. Primero el casero le dijo que desocupara el piso porque lo necesitaba para un familiar, no tenían contrato, así que se tuvo que ir con sus dos maletas a buscar quien lo asilara. Su hermana le dijo que, por desgracia, mas no tenían espacio, que Rubén ya estaba en el bachillerato y se había llevado a vivir a la novia con él. Luego vino el recorte de personal, al principio se sentía seguro, pero la fluctuación de la moneda, la caída en bolsa de las acciones de la empresa y las malas relaciones con el contable crearon un ocre cultivo de venganzas y puñaladas tramperas que acabaron con el departamento de asesoría comercial. Por último, Aída, todo era posible, menos que ella le diera la espalda. Con lágrimas amargas, Federico, salió de la cafetería escupienndo la bilis que le había llenado la boca. No protestó, no recriminó nada, lo único que dijo fue que nunca se habría imaginado que siempre la había compartido quedándose solo con las penas, los ratos de silencio, los gastos y las migajas del supuesto amor que le brindaba

¿Qué podía hacer? El optimismo se le había desecado, pero no pensaba en abandonar la vida, de cualquier forma, todo pasaría. Trató de ver las cosas menos grises. Se fue a una cafetería y pidió un café. Quería ver la vida desde la barrera, deseaba ver en los demás el éxito que le era vedado. Vio a unos enamorados y sintió un fuerte hormigueo en las piernas cuando se dio cuenta de que las parejas irradiaban algo meloso con aroma de sinceridad. Se despojó de sus recuerdos y los tiró al abismo del olvido. Tenía que hacer algo con urgencia, la vida le había enseñado que la pasividad es el peor enemigo. “Haz algo, todos los días, que pueda mejorar tu futuro— se había dicho desde siempre—porque siempre irás a peor y eso del futuro luminoso es la peor patraña que existe”.

Fue a la casa de su tío. El pobre Amancio ya no oía muy bien, tenía sus achaques y la familia lo cuidaba como si fuera una pieza de museo. En realidad, no había cruzado la línea de los setenta, pero por la enclenque salud que había tenido siempre pagaba las osadías de su juventud. Al ver a Federico lo abrazó y lo llevó a su habitación. Con voz baja le dijo:

—Querido, Fede, de mis sobrinos tú eres a quien más aprecio, Sé que ya no me queda mucho en este pérfido mundo y quiero que me ayudes a conservar algo muy valioso que tengo. En mi casa ya sabes cómo son todos. Incrédulos, vanidosos, muy alzados todos. Lo que te voy a dar requiere estar en manos seguras. Prométeme que nunca te desharás de él.

—Te lo juro—dijo para complacer al pariente que ya no se le parecía en nada—. Confía en mí, tío.

Entonces sacó una camisa de rayas limpia pero muy desgastada y zurcida.

—Quiero que guardes esto hasta el último día de tu vida y pase lo que pase, no la pierdas ni la tires porque tiene un enorme valor.

Con mucha desconfianza y un poco de rechazo, Federico cogió la prenda.

—Te lo prometo, tío Amancio. Pase lo que pase…—hizo un gesto de aprobación y se puso la camisa bajo el brazo—.

Salió un poco deprimido mirando el paquete que ahora tendría que cuidar como a las niñas de sus ojos. Cuando llegó a su habitación, saludó a la señora Ana que le recordó que pronto tendría que pagar la mensualidad. Él afirmó y se fue a esconder. Una vez en el cuarto sacó la camisa y la puso en una percha, pero sintió que había algo en el bolsillo. Espulgó un poco y vio un botón raro. Era de metal y parecía de un uniforme, pero parecía hueco y formado por dos partes. Lo agitó y creyó oír algo. Entonces giró la parte inferior en sentido contrario y el botón se dividió. Separó la parte superior y vio con mucho asombro que era una minúscula brújula. Lo tomó como una broma y la dejó sobre la mesa.

Al día siguiente se despertó con hambre. Eran ya las once de la mañana y sentía una pequeña urgencia. Se vistió y salió a tomar el desayuno en una cafetería. De pronto, surgieron las imágenes de su sueño. Había visto a su tío Amancio de joven y escuchó la historia que siempre contaba, pero había un detalle que sabía que nunca había mencionado. Era que esa camisa de su padre le había salvado la vida y que cuando llegara el momento se la salvaría a otro miembro de la familia. Sin ser consciente de lo que hacía giró en una calle en la que unos hombres asaltaban a una mujer, entonces sintió que en el bolsillo algo vibraba, corrió hacia un policía para avisarle del delito. Más tarde entró en un edificio de oficinas y un hombre le preguntó si necesitaba trabajo. Hablaron unos minutos y le ofrecieron un puesto. Quedó de ir al día siguiente. Cuando se dirigía al parque para comerse un helado se sentó junto a una mujer que lo miró con curiosidad. Era joven y atractiva, aunque había unas marcas de viruela en su cara y bajaba un poco el rostro al hablar. Federico la invitó a comer, se sentía muy atraído. Al día siguiente le aconsejó a una secretaria que pusiera atención en su trabajo y su alimentación. Un mes después ella se lo agradeció. Le contó que se había salvado de un infarto. Pasó el tiempo y Federico se convirtió en un amuleto de la buena suerte.

                                                                        Juan Cristóbal





miércoles, 3 de septiembre de 2025

Reto 12

 

Reto de Escritura Creativa: La Carta Misteriosa

Instrucciones: Escribe una historia corta (de 1000 palabras) basada en el siguiente disparador:

Encuentras una carta antigua en el desván de tu casa. Está escrita a mano, con una caligrafía elegante, y está dirigida a alguien con tu mismo nombre, pero fechada hace 100 años. La carta menciona un secreto que debe permanecer oculto "a toda costa".

Puntos a incluir:

  • Describe cómo encuentras la carta y qué sientes al leerla.
  • ¿Qué pistas da la carta sobre el secreto? (No es necesario revelarlo completamente).
  • Incluye un giro inesperado al final de la historia.

Opcional: Si quieres un desafío extra, escribe la historia desde la perspectiva de un objeto inanimado (por ejemplo, la carta misma, una lámpara en el desván, etc.).

Consejo: Usa detalles sensoriales (vista, tacto, olor) para hacer la escena más vívida.

Plazo de entrega 15 de septiembre

Enviar el escrito a:

cristobaleh@hotmail.com






A Ferdinand

Ferdinand estaba leyendo un libro de historia para preparar su clase sobre el general Philippe Pétain. No quería ser superficial y tedioso, pues tenía impuesta la norma de lo políticamente correcto, ya que el rector había sido muy claro en la última reunión anual.

 “Señores, les pido de favor que no hagan referencia a ninguna posición o actitud antisemita en las clases, sobre todo en las de historia. Y si es necesario ocultar o suavizar alguna opinión de nuestros grandes líderes y héroes del pasado, tendremos que hacerlo, pero de una forma imperceptible, usen la retórica en favor de la comunidad académica. Muchas gracias”.

No tenía más remedio que centrarse en los acontecimientos más trascendentales y evitar algunos datos comprometedores. Le surgió la duda sobre la condición mental de aquel héroe venido a menos. En realidad, era normal que un hombre que había llegado a los noventa y cinco años, tuviera despistes y olvidos durante su trayectoria militar y política, pero ¿qué consecuencias había traído dejarlo en el poder? ¿se habría podido predecir lo que iba a hacer?

Ya había consultado varios de los libros que tenía sobre él, pero lo oprimía una sensación de vacío, algo faltaba, había un detalle escurridizo que se le había ido a los biógrafos. Cogió los libros de Pellissier, de Lottman, Atkin, William y se puso a hacer anotaciones sobre todo lo que había subrayado en sus lecturas de estudiante. Hizo un diagrama mental de las referencias biográficas, los autores, los sucesos más importantes en la vida del caudillo galo y dejó un espacio para poner las cosas que debía evitar como el antisemitismo, la enfermedad del Alzheimer y las graves consecuencias de sus indecisiones en la senectud.

Una vez terminado el croquis, se sentó frente al ordenador y se puso a buscar noticias. Le llamó mucho la atención que los medios informativos habían comenzado a cambiar su retórica. Ya no había beligerancia en la actitud de los locutores y presentadores. El tono era más realista y se percibía que se estaba encubriendo algo. Decidió ir a los medios alternativos y confirmó sus sospechas. El país estaba al borde de una crisis. Ya habían pasado los cuatro años obligatorios desde la última burbuja y era el momento de prepararse para el sunami. Se consoló pensando en que lo poco que tenía estaba invertido en oro y que muy probablemente su capital iría al alza. Recordó a Marie que le dijo:

“Ferdinand, he oído a los profes de economía y todos dicen que el dólar se va al carajo, que es el momento de comprar oro, ¿tú tienes dinero en el banco?”.

Fue ridícula la suma que mencionó Ferdinand, pero aún así, se compró una onza y se la llevó a su casa con la esperanza de que en el futuro creciera su valor. Comió tranquilamente, disfrutó de uno de sus mejores vinos y, cuando se disponía a ducharse, sucedió algo muy extraño. La luz de las lámparas comenzó a parpadear, el sonido se difuminó y sintió que algo le dolía. Era la pierna que se le había acalambrado, entonces despertó.

Ya eran las nueve de la mañana. Se levantó y se fue a duchar. Durante el baño estuvo pensando en su sueño. Era muy extraño que se le hubieran revelado tantas cosas de un hombre del que apenas había leído algo. Si era verdad que era profesor de historia, pero su especialidad era la historia universal y sabía más del mundo antiguo que del moderno, además no le interesaba nada de lo que decían Fukuyama, Harari y otros pensadores a los que consideraba oportunistas y fantoches. Decidió afeitarse la barba, no le gustaban las canas que comenzaban a darle un tono gris a su mentón. Al verse desbarbado le sorprendió su aspecto. Ya no encajaba con el hombre de facciones finas de antes. Se le había manchado la parte superior de la cara, pero las ojeras se disimulaban más y eso le agradó. Se preparó el desayuno, miró su horario por si se le había olvidado algo y confirmó que solo tenía dos clases por la tarde. Tenía toda la mañana para prepararse y repasar algún pasaje de interés, incluso podría ver una de sus películas favoritas como la de Alejandro Magno con Richard Burton y Claire Bloom o Espartaco.

De pronto, recordó que en el desván se había dejado, hacía muchos años, una colección de almanaques y sintió curiosidad, quiso recordar aquellas lecturas estudiantiles que le gustaban tanto. Recordó el programa de radio en el que comenzaban la transmisión con la frase.:

“En un día como este, pero de 1972…”.

¡Cuánto echaba de menos aquella época! En la que el tiempo era más tangible, días en los que era importante encontrarse con los amigos o con alguna novia para disfrutar de los placeres de la vida. Ventanas del tiempo para gozar, incluso, de aquellos momentos agridulces que habían sido infravalorados. Subió por la estrecha escalera y tuvo que encorvarse bastante para entrar a aquel espacio húmedo y con olor a rancio. Encontró los libros que buscaba y su vista se encontró con un ejemplar de Richard Griffiths. Le pareció muy extraño encontrar ese libro. Quizás fuera su padre quien lo había adquirido y lo había abandonado allí. Tenía pasta dura y las hojas estaban amarillas, era una edición de 1970. ¿Qué hacía allí? Lo abrió por curiosidad y encontró una carta.

Querido Ferdinand, soy tu abuelo real, te hemos dado en adopción, pero eres de la familia Petán. Sé, por intuición, que serás historiador. Te pido, por favor, que, si alguna vez llegas a hablar de mí, tomes en consideración que nunca sufrí la pérdida de mis facultades mentales y fui consciente de todo lo que hice. ¡Que me juzgue la historia! No tenga nada más que decir. Te quiero y respetaré siempre tu opinión sobre mí.

Tu abuelo,

Enrique Felipe Homero Benoua Petán

                                                                                       Juan Cristóbal






viernes, 15 de agosto de 2025

Reto 11

 

 Escribir una historia que transcurre en un escenario antiutópico. Por ejemplo, una sociedad indeseable, en la que lo que se tenía como ideal a resultado muy desfavorable. 

Límite de palabras: 1000

Fecha límite de entrega: 1 de septiembre.

!Manos a la obra! !El mundo necesita tus palabras!

Enviar el cuento a:

cristobaleh@hotmail.com






El lenguaje participativo y global

Marc entró en la oficina. Su jefe estaba sentado fumando un puro, llevaba cuatro tazas de café y había terminado de revisar los artículos de la redacción.
—¡Hombre! ¡Qué bien que has llegado, Marc! ¡Siéntate, siéntate!
—Gracias, ¿para qué soy bueno?
—Pues, te lo voy a decir sin rodeos… El caso es que ya llegó la disposición… —miró con curiosidad a Marc, tratando de captar su reacción, pero él estaba muy desorientado—. ¡Vamos, Marc, no me digas que se te olvidó, ¿eh?
—Pues, lo siento mucho, pero no sé de qué se trata…
—¡Oh, Marc, es lo del nuevo plan informativo, ya sabes, la nueva forma de redactar los artículos!
—¡Ah! Eso de las normas y reglas… Ya hasta lo había olvidado…
—No te preocupes, Marc, Liza te dará las instrucciones. En tu departamento ya todos están al tanto, así que échale un vistazo y, cuando escribas el primer artículo, me lo traes para que lo revisemos. ¡Manos a la obra, muchacho! —Dio una fuerte bocanada al puro y se sobó la barriga en señal de que se le estaba despertando el apetito—. Mary, ¿le puedes decir a James que en diez minutos bajamos al bar?

Marc encontró unas copias sobre su mesa. Encendió el ordenador y comenzó a leer, sin profundizar mucho, las nuevas reglas. Alguien tenía una radio encendida. Marc se concentró para oír mejor.
“Digital Erre informa. Queridos amigos, desde hoy está disponible en el Boletín Oficial del Estado la nueva forma de comunicación que seguiremos para defender la veracidad y la democracia. Tenemos como invitado al ministro de comunicación y propaganda…”

Marc llegó a su casa alrededor de las nueve. Se duchó, se preparó la cena, tomó un poco de vino y se fue a dormir.

Durante la semana, se fue acostumbrando a las nuevas condiciones de redacción. “No es necesario profundizar en eso, Marc, quítalo, por favor… Eso está de más, Marc, bórralo… Eso no se ajusta a lo políticamente correcto, Marc, investiga más y corrígelo…” La presión del jefe era fuerte y los deseos de Marc de informar sin ser tendencioso y con veracidad se fueron desvaneciendo. Su rechazo a las frases hechas, las palabras obligatorias y las frases cortas desapareció gracias a la resignación impuesta que no le dejaba ningún margen de libertad.

Después de un mes, nadie habría reconocido al rebelde y sincero Marc. Se había transformado en un periodista alineado, su cuerpo era más endeble, su rostro más gris y, en lugar de su sonrisa burlona, había un arco de labios que le daba un aire de fracasado.

Su novia Ennia también había sufrido los cambios y estaba preocupada. Ya no discutían sobre los problemas globales, ya no defendían causas y sus fuertes discusiones se habían terminado. Cualquiera habría pensado que, por fin, la tensión y la rivalidad les habían dejado un nicho tibio, lleno de armonía, pero no era así. Sus miradas siempre eran cómplices, trataban de enviar un mensaje, todo aquello que era imposible de transmitir con la voz.

Ennia seguía bella, trataba de emitir la buena vibra, la alegría que la caracterizaba. Lo más importante era usar el lenguaje con corrección, ya que, por sus impulsos, habían tenido que pagar varias multas en los últimos meses. Marc la llamó para desayunar en la terraza.


—¡Qué bien te ves hoy, querida! ¡Cada día, la comida sana te mejora! ¡Es sensacional!
—¡Gracias, Marc! Tú también luces bien. Creo que la práctica de la meditación y, sobre todo, tu empeño en el trabajo nos ha traído muy buenos beneficios.

Aunque alguien los hubiera visto y notado claramente que sus palabras no coincidían con su aspecto, no se habría atrevido a contradecirlos, ya que el control de las nuevas reglas era tan estricto que criticarlas o cuestionarlas conllevaba una sanción administrativa.

La gente aparentaba vivir en armonía, evitaba ver las cámaras en los exteriores y, si notaba algo raro, de inmediato decía frases como: ¡Qué bien funciona el transporte público! ¿No es verdad? O ¡Cada día mejora la economía y todos aprobamos las medidas del gobierno para financiar sus planes de desarrollo! Las madres resaltaban los beneficios de la educación y la gente enaltecía las ventajas de los nuevos horarios y sueldos. Los adolescentes aplaudían las sugerencias de ocio y convivencia juvenil, mostrando los broches con insignias estatales de sus comunidades virtuales.

Al final, la gente se las ingenió para transmitir sus emociones y pensamientos con expresiones de los ojos. Muy abiertos significaban aburrimiento; entrecerrados, acuerdo y rebeldía; brillantes, odio y hartazgo; lacrimosos, apatía o indiferencia; fulminantes y amenazadores, felicidad.

Con el tiempo, la gente automatizó el lenguaje y los gobiernos aprendieron a descifrar las miradas, así que los ojos jamás volvieron a ser del alma, o al menos de almas felices.

                                                                           Juan Cristóbal





sábado, 19 de julio de 2025

Reto 10

 

Reto propuesto por María. 

Escribir una historia en la que algún personaje tiene o sufre de un síndrome literario (es decir, un síndrome que lleva nombre de alguna obra literaria, por ejemplo: síndrome de Otelo, síndrome de Martin Eden, síndrome de Plushkin, síndrome de Madame Bovary, etc.).El género es libre.


Límite de palabras: 1000
Fecha límite de entrega: 18 de agosto.
!Manos a la obra! !El mundo necesita tus palabras!

Envía tu cuento a:

cristobaleh@hotmail.com





Perdóname, viejo amor…

 

…que el nuevo me parezca el primero.

Wislawa Szymborska

 

I

Se enamoró de él al instante, el primer día. ¿Y cómo no? Él era un profesor famoso, rodeado de un aura de gloria y adoración general, y ella... Ella era solo una simple estudiante de primer año.

Durante todo el primer semestre lo siguió a todas partes, intentando atraer su atención. Estudiaba las clases, asistía a todos los coloquios, preparaba exposiciones, pero al profesor no le importaba en absoluto. Y la muchacha sufría y se afligía, hasta que finalmente decidió abrirle su corazón después del examen, y entonces: pasara lo que pasara.

Esperó a que el resto de los estudiantes se fueran a casa, y se acercó al profesor. Tímidamente, apenas audible, balbuceó:

—Hace tiempo que quería decirle...

Pero la tensión emocional era tan fuerte que se desmayó, perdiendo el conocimiento. Es difícil decir cuánto tiempo estuvo inconsciente, pero su despertar fue realmente inolvidable. Al abrir los párpados, la chica vio el rostro preocupado del profesor sobre ella; él le acariciaba la cabeza.

—¡Me asustaste de veras! —dijo él, al notar que había abierto los ojos—. ¿Cómo te sientes?

Al principio la muchacha quiso levantarse y disculparse con el profesor por las molestias y la preocupación que le había causado, pero entonces un pensamiento sedicioso cruzó por su cabeza y empezó a meditarlo.

“¿Así de fácil? —reflexionó—. Sin aplicación y empeño, sin empollar hasta el amanecer... Desmayarse y acabar en los brazos del hombre querido. ¿Qué podría ser más sencillo?”. Y en lugar de responder, suspiró profundamente.

—¿Podrías llegar solita a tu casa? —preguntó él entonces.

—No... —respondió ella con voz casi agonizante.

Y sin pensarlo, el profesor la levantó en brazos, la llevó a su coche y luego la condujo a su casa. Ella todavía “no tenía” fuerzas para subir las escaleras hasta el tercer piso, así que la ayudó a llegar a su departamento. Los padres de la chica estaban en el trabajo. Así empezó su romance.

Poco tiempo después, en la universidad se enteraron de su relación. Él tuvo que renunciar y ella pidió un año sabático. En cuestión de días, la muchacha se mudó con él y entonces comenzaron a vivir juntos como una pareja cualquiera.

 

II

            La carrera perdida, la libertad perdida (a menudo se preguntaba cómo había logrado ella tan rápido ponerle el yugo a él, siendo un soltero empedernido) lo trastornaban, pero comprendía que la pobre se sentía aún peor. Sus frecuentes desmayos ahora se acompañaban de ataques epilépticos con convulsiones violentas y espuma por la boca. La chica iba constantemente al médico, quien le extendía todo tipo de informes e instrucciones (que ella aplicadamente le mostraba antes de acostarse), y tomaba montones de pastillas, pero nada la ayudaba. La pobre se apagaba ante sus ojos. Y por las noches él se culpaba, se martirizaba, se tiraba de los pelos. ¿Cómo podía dejarla ahora? ¿Dejarla así? Al fin y al cabo, ¡todo era por su culpa! En definitiva, fue él quien se aprovechó de su inexperiencia y juventud, fue él quien la sedujo, causándole un daño irreparable a su salud mental y física, fue él quien cogió algo que no le pertenecía. Y, tras olvidar sus antiguas ambiciones, consiguió varios trabajos a tiempo parcial para pagar su tratamiento.

            Ella, a su vez, disfrutaba de la felicidad casi matrimonial, haciendo esas pequeñas cosas agradables que alegran tanto el corazón de los enamorados. La chica hacía acogedor el nido familiar, guardaba sus libros, le planchaba la ropa, le preparaba la cena y, entre tanto, se golpeaba con toallas mojadas para lesionarse los músculos, se hacía pequeños cortes para provocar hemorragias, tomaba eméticos y diuréticos, falsificaba certificados médicos y ensayaba desmayos.

            En la práctica, todo resultó ser mucho más sencillo de lo que ella había imaginado inicialmente. Durante los primeros meses, tenía un miedo constante de que él la revelara y descubriera que estaba completamente sana, pero resultó que a la gente no le gusta entrar en contacto con la enfermedad ajena y rara vez se interesa por los detalles. Diagnósticos, enfermedades, síndromes: para una persona sana, todo esto parece algo pesado, desagradable, pegajoso, algo de lo que uno puede contagiarse con solo escuchar largas palabras en latín o griego, o complicados apellidos alemanes. A ella le bastaba con mostrarle un informe médico falso, hecho en cinco minutos en el ordenador, pronunciar el nombre de una intrincada patología de quince o veinte letras, y él ya la abrazaba y la besaba en la cabeza, llamándola “chiquita linda”, y esto era todo lo que ella necesitaba.

 

III

            Un día, unos tres años después de su primer encuentro, la chica iba a la farmacia a comprarse un laxante y, mientras tanto, reflexionaba sobre su propia vida.

“Sí, nada es para siempre”, pensó.

En los últimos meses, el profesor, o, mejor dicho, el exprofesor, había decaído notablemente. Antiguos colegas y alumnos ya no venían a visitarlo, y él mismo rara vez salía, prefiriendo tumbarse en el sofá antes que dedicarse a cualquier actividad. Carecían de dinero y sus enfermedades ya no lo preocupaban como antes (un par de veces, en un arranque de cólera, hasta le deseó a la chica que muriera más rápido, por lo que, por supuesto, luego, entre lágrimas, pedía perdón de rodillas). Y ella sentía una insatisfacción total en todos los aspectos de su vida: apatía, frustración.

“¿Y qué me atrajo a él entonces, a este anciano? ¿Por qué lo necesitaba tanto?”, se preguntaba una y otra vez, pero no encontraba respuesta.

La chica estaba tan absorta en sus pensamientos que no notó un coche que se acercaba. Un golpe sordo la hizo caer al asfalto, golpeándose ligeramente la rodilla.

Apenas recobró el sentido tras el inesperado choque, miró a su alrededor. Un joven alto salió corriendo de un coche azul brillante. Se arrodilló frente a ella, le tomó las manos y le preguntó con tono preocupado:

—¿Estás bien? ¿Te golpeaste fuerte? ¿Dónde te duele?

Ella lo miró fijamente, y todo en el mundo se congeló, todo en el mundo se detuvo. Era la primera vez que veía unos ojos verdes tan insondables. Sin duda, fue amor a primera vista.

—¿Estás bien? —repitió.

En lugar de responder, ella gimió entre lágrimas.

—¿Qué te pasa? ¿Dónde te golpeaste?

—Me duele, me duele muchísimo... —sollozó la chica lastimeramente.

—Déjame llevarte a urgencias, al hospital. ¿Podrás ponerte de pie? —preguntó el chico con miedo.

—No sé si podré caminar siquiera después de una caída así...

—Pues entonces te voy a llevar en mis brazos todo el tiempo... —dijo el joven, medio en broma. La cogió con cuidado y la llevó al coche.

La chica lo abrazó con fuerza por el cuello y apoyó la cabeza en su hombro. Él olía a juventud, a fuerza y a sensualidad; olía a un hombre capaz de cuidarla. Se apretó más contra él y, por última vez en su vida, pensó en el viejo profesor que se había quedado solo en casa.

(Síndrome de Münchhausen)

                             María





El mal de Eroll

Eroll había sido un niño ejemplar. Su madre le había procurado todos los medios para hacerlo único. Con buenos modales, responsable y amoroso, se ganaba el favor de quien lo conociera. Los profesores se veían deslumbrados por su carisma. Muchas mujeres no podían resistírsele y se convertían en juguetes de sus caprichos. No sufrían demasiado, pues el joven seductor no tenía malos hábitos; más bien exigía un amor incondicional que las obligaba a rebasar la línea roja del enamoramiento.

No era guapo, pero sí atractivo. Sus ojos tristes y su buen humor creaban un efecto contradictorio: inspiraba ternura, pero sus bromas lo volvían agridulce y fascinante. Muchas de sus novias se sintieron en la obligación moral de ayudarlo apenas lo conocieron, pero descubrieron pronto a un pícaro que se escudaba en su encanto para esconderse en sus pechos.

Cuando cumplió veinticinco años estaba en plenitud. Había terminado la carrera con un reconocimiento público de sus profesores y encontró un empleo donde no pasó por la novatada: lo sentaron directamente al lado del jefe del departamento de ventas. Así, guiado por la suerte que lo conducía como a un niño en un laberinto, Eroll alcanzó estabilidad económica y vislumbraba el resplandor de su futuro.

La vida le sonreía sin condiciones ni compromisos, y sus éxitos llegaban de manera espontánea y sorprendente. Esa sensación de unicidad empezó a arruinar sus relaciones: perdió el rumbo, dejó de distinguir entre la imposición y la exigencia. No era un monstruo, pero la gente se sentía tensa a su lado. Parecía que a él le hubieran dado todas las herramientas para la vida y a los demás solo les quedara ser hijos abandonados de la fortuna.

Un día, Eroll se levantó tarde, pero de buen ánimo. Llegó a la oficina y comenzó a dar órdenes como siempre:
—Señorita Anne, el café con poco azúcar, caliente y sin leche, por favor… Emily, lleva las carpetas con las presentaciones a la sala de reuniones… Thomas, te toca hoy empezar con el informe sobre el nuevo producto…

Entró al servicio, se miró al espejo y revisó su peinado: el pelo castaño ondulado le daba un aire de guerrero romano; sus ojos brillaban como joyas y sus labios finos se curvaban con elegancia embelleciendo su perfecta  nariz. Ajustó el nudo de la corbata, giró sobre los talones con aire marcial y se dirigió a la sala donde siempre comenzaba el “Plan estratégico”, que consistía en determinar las tareas urgentes.

Se sentó en su butaca de costumbre, frente a la pizarra aún marcada con los garabatos del encuentro anterior. Entró Anne con el café y las pastas que tanto le gustaban. Bebió un sorbo y miró el reloj: eran ya las nueve y media, y ninguno de sus colaboradores había llegado. Entonces entró Emily, sin el material que le había encargado. Se plantó frente a él y, con un leve espanto en la voz, dijo:
—Lo siento, Eroll, nadie va a venir a la reunión. Son órdenes de arriba. El director general lo solicita.

Subió a la oficina del director, sin hacer suposiciones, confiado todavía. Al llegar, Katherine le indicó con una sonrisa que lo esperaban. Abrió la puerta y anunció:
—Aquí está, señor director.

El encuentro fue brevísimo: le comunicaron que sería sustituido y no le dieron oportunidad de replicar.
—Le entregarán su indemnización en Recursos Humanos.

La frialdad del trato lo desorientó. No podía creer que la vida diera un giro tan brusco y sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Para colmo, al recibir su compensación se topó con su sucesor: era casi idéntico a él, salvo por algunos defectos faciales. Hasta su voz sonaba igual. Con el alma en los pies, intentó recomponerse y fue a su restaurante favorito a meditar. Sin embargo, el administrador le pidió disculpas: su mesa había sido solicitada por otro caballero.

Las cosas no habrían ido tan mal si no hubiera visto al hombre que ocupaba su lugar: tenía la misma complexión, era apenas mayor y se movía con seguridad. Discutir habría sido inútil. Se quedó unos minutos inmóvil, sin poder ordenar sus pensamientos. Lo mejor sería ir a casa a descansar.

Pasó varios días ensimismado, saliendo apenas al balcón a mirar los coches de la avenida. La panorámica de su apartamento había perdido el encanto; todo parecía tornarse gris. Se bebió una botella de whisky sin sufrir los rencores de la resaca. Pidió comida rápida y vio algunas de sus películas favoritas. Cuando se cansó de la vagancia, decidió buscar empleo. Envió su currículum a varios lugares y pronto recibió propuestas.

Convencido de poder reintegrarse, se puso su mejor traje y asistió a una entrevista. Lo recibieron con amabilidad; los reclutadores quedaron impresionados con su talento y le prometieron llamarlo en cuanto decidieran. Pasaron dos semanas sin noticias. Llamó él mismo, y le informaron que habían elegido a un candidato igual que él, aunque con una ligera diferencia en el puntaje.

Así comenzó la espiral descendente: lo apartaban siempre por pequeños detalles, retrasos o equivocaciones mínimas. Y entonces llegaron las pesadillas: hombres idénticos a él repetían, en coro, que eran únicos.

                                                                    Juan Cristóbal

No sé si exista un síndrome de temor de ser sustituido o copiado. El caso de Eroll sería de ese tipo.

Cuento policíaco Nº 1