Cuentos policiacos

sábado, 28 de junio de 2025

Reto 8

 


Escribir un cuento sobre dos personajes de escritores que hayan sido "enemigos" por algún motivo. Dichos personajes deben argumentar a favor o en contra sus creadores. 
Los escritores pueden ser, tales como: Lope de Vega y Cervantes, Jean Paul Sartre y Camus, Hemingway y Faulkner, Mishima y Kawabata, etc..

El género es libre.

Límite de palabras: 1000
Fecha límite de entrega: 22 de julio.
!Manos a la obra! !El mundo necesita tus palabras!

Envía tu cuento a:

cristobaleh@hotmail.com






México, 1976

 

            Una noche, Mario Vargas Llosa y Gabriel García Márquez se pelearon en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México. El peruano atacó al pobre escritor colombiano con los puños y le dejó un ojo morado. Las causas de la pelea permanecieron desconocidas para el público general. Después, muchos opinaban que el motivo fue Patricia, la entonces esposa de Vargas Llosa. Algunos decían que García Márquez la insultó, mientras que otros, por el contrario, afirmaban que el colombiano la estaba convenciendo de no aguantar más peleas y de no regresar con su famoso esposo tras una fuerte discusión. Pero lo que pasó, pasó, y todo el mundo se enteró de su trifulca.

            Esa misma noche, la noticia llegó al departamento número 39 de la avenida N. en el sur de la Ciudad de México. El viento la trajo. Al fin y al cabo, ¿quién mejor que él para difundir los chismes? Entró por una ventana entreabierta y contó a los libros, cuidadosamente colocados en la estantería, sobre la riña.

            Al escuchar la noticia, Pichulita Cuéllar, como si despertara de un letargo, empujó con su lomo a su vecino, al libro de tapa blanda de “Cien Años de Soledad”, y el libro cayó al suelo. Pichulita Cuéllar siempre había odiado a José Arcadio, a ese arrogante, ese donjuán, ese garañón. Y ahora, cuando semejante escándalo había estallado en el mundo literario, por fin había llegado el momento perfecto para vengarse de todas las ofensas e injusticias. Además, no quería quedarse atrás de su creador.

            Embriagado por la victoria tan rápida, Pichulita Cuéllar no se dio cuenta de que el Coronel, veterano de la Guerra de los Mil Días, se le acercó y, reuniendo sus últimas fuerzas, lo empujó de la estantería. Un golpe seguro y los “Cachorros” también estaban en el suelo. Pero la batalla todavía estaba lejos de terminar, y Jaguar con los demás “Perros” ya se acercaban al Coronel. Unos segundos más y...

            —Pero, ¿qué pasa aquí? —Vanessa, la dueña de la estantería, entró en la habitación y miró con reproche a la gata, que dormía plácidamente en la alfombra—. ¿Te has portado mal otra vez? ¡Qué descarada! ¡Hoy no te daré paté de camarón!

            Vanessa guardó rápidamente los libros en la estantería y corrió a la cocina, donde se estaba preparando café.

El Jaguar estaba a punto de asestarle el golpe final al Coronel, pero de repente oyó el siseo furioso de la gata. Estaba muy enojada: debido a aquellas broncas, se había quedado sin su merecido manjar. La gata arqueó el lomo y mostró los colmillos blancos y afilados.

“Bueno, bueno... Algún día llegará la hora de la otra batalla, pensó el Jaguar con fastidio, pero por ahora, por ahora... una tregua”. 

                                                                                María



Conversación epistolar

Muy apreciada señora Emma B, por medio de la presente le comunico que estoy muy indignada por las críticas que ha hecho sobre mi persona. Le recuerdo que, de alguna forma, somos de origen provinciano, sin embargo, usted se ha dejado llevar por ilusiones fatuas que le acarrearán una gran desgracia. No quiero decir que usted tenga la culpa, pues sabemos ambas que usted es el juguete del señor Gustave F. Confieso que, en efecto, fui engañada por mi padre y por el respetado Honoré, durante algunos años, pero analizándolo bien, eso podría ser una forma de forjarme, pues al final era necesario que llegara con un carácter bien definido para heredar la fortuna paterna. Espero que recapacite, que cambie su opinión y me ofrezca las disculpas que merezco.

Suya, Eugenia G.

                                                        **

Pero, ¿quién demonios es usted para indicarme lo que debo o no decir? ¡Cómo se atreve a llamarme provinciana! Le recuerdo que, aunque yo vivía en una población pequeña, mi padre contaba con bastantes recursos para darme una vida de abundancia y holgura, en cambio usted siempre vivió con privaciones, además de ser engañada por su propio padre. La vida tan austera que ha llevado siempre la ha convertido en una sirvienta rica. ¡No me la imagino eligiendo mobiliario para una casa decente, o un simple vestido para ir a una reunión de la clase alta!!Dios mío!!Seguro que sería el hazmerreír de las fiestas! Y, como no es digno de una dama de mi clase mezclarse con la chusma, le pido que no me escriba más.

Emma B.

                                                     **

Señora Emma, no me ha gustado el tono de su carta y le pido que se controle. Si hago el esfuerzo de comunicarme con usted, es porque me da lástima que haya caído en una situación tan absurda y que no se dé cuenta de las consecuencias que le podría acarrear ese descabellado tren de vida que lleva. Ha llegado a mis oídos la noticia de que el señor Lehureux solo busca la forma de que crezca su deuda, ¿cuánto le debe ya?!Tenga cuidado!!Ese hombre la puede hundir con sus adulaciones! Y, otra cosa importante, su romance con León es una estupidez, el solo quiere poseerla y le calienta la cabeza con esas notitas románticas a las cuales usted no se puede resistir. ¡Madure ya!!Deje de vivir en su mundito imaginario de lujos y placeres! La vida es esfuerzo y su pobre Charles no aguantará mucho…

Eugenia G

                                                     **

Señora Eugenia, se ha pasado usted de idiota. No tiene ningún derecho a juzgarme, ni darme recomendaciones sobre lo que debo hacer en mi vida. ¿Ha leído alguna vez libros? !Ja,ja,ja!!Seguro que no sabe ni leer!!Seguro que no sabe quien es Teófilo Gautier o Alfred de Musset! No es la miel para el asno…y aunque los conociera, seguro que no podría sentir lo que transmiten sus bellas palabras. Es usted una mujer de paja, leche de cabras y estiércol. ¡Que va a saber del amor!!Oh, perdóneme si he sido demasiado sincera con usted! Le ruego que no se tome la molestia de escribirme más. Gracias.

P.D. Me ha dicho un pajarito que es usted parte de la colección de la Comedia humana del señor loco ese Balzac…

Emma B.

                                                     **

Señora Emma, no me ha revelado nada, sé perfectamente quién soy. Formo parte de un arquetipo social, soy una especie de prototipo de las mujeres de nuestra época. Como yo, hay cientos de mujeres, en cambio usted si que es única, porque, si me perdona el atrevimiento, la estupidez femenina tiene sus parámetros bien definidos. ¿Sabe? He oído, por ahí, que siempre se habla de usted como si fuera una innovadora, una mujer que se adelantó a su época, que defendía los derechos de la mujer y que impresionó tanto a algunos escritores con su libertinaje sexual que hasta se atrevieron a decir: “Todos somos Madame Bovary”. Creo que si el abusar de la confianza de un marido, engañándolo porque se dedica a cumplirle a usted sus caprichos, además de ser mala madre y mujer pretenciosa, se pueden considerar rasgos atractivos, entonces nuestro mundo está al revés.

Eugenia G.

                                                    **                                  

¡Envidia!!Envidia! Eso es lo que la corroe, señorita campesina. Si supiera de los placeres de la vida, reconocería que no tiene precio la felicidad. A usted nadie la ha amado y su primo Charles, que la ha impresionado tanto, no es más que un mequetrefe. Si viera a león o a Rodolfo se quedaría con la boca abierta. Sí, lo confieso, me han poseído los dos y en sus brazos me he sentido la mujer más afortunada del mundo, pero ¿De qué le estoy hablando? Dedíquese a sus animales en su granja y ahorre, sea como su padre, guarde todo para alguien que si lo sepa gastar. ¡Que lástima me da usted!

Emma B.

                                                       **

Señora Emma, tal vez usted crea que rodearse de lujos a costa del esfuerzo de su marido es algo digno de apreciar, pero le prevengo. Tal vez, su esposo pierda la salud y el empuje o el interés por usted, sobre todo cuando se entere de que le es infiel. Además, me apuesto lo que quiera a que su adorado y muy sofisticado Rodolfo es un vividor. Sí, ya sé que me va a decir que tiene un castillo, que se escapará con usted y vivirán un romance jamás visto, pero la ha engañado. Ese hombre puede tener a la mujer que quiera y, a pesar de que usted es joven, habrá otras mujeres más atractivas para él. Se ha dejado usted engañar con promesas y caricias falsas. Tenga cuidado porque si eleva mucho el vuelo, la caída podría ser mortal. Después no diga que no le avisé.

Eugenia G.

                                                      **

¡Maldita!!Es usted ave de mal agüero! No sé por qué me tomé la molestia de escribirle. Me ha arruinado la vida. !La odio!!No vuelva a dirigirme la palabra jamás!!Que quede en su conciencia esta desgracia!¡De todo lo que pueda pasar, la condeno a usted!!Púdrase en el infierno!

Emma.

                                                                                        JC



domingo, 15 de junio de 2025

RETO 7

 

Escribir un cuento en el que los personajes cuenten por separado un acontecimiento de cualquier tipo.
El género es libre.

Límite de palabras: 1000
Fecha límite de entrega: 10 de julio.
!Manos a la obra! !El mundo necesita tus palabras!

Envía tu cuento a:

cristobaleh@hotmail.com










900

Carl Smith—Encontramos una parte del barco casi intacta, fue un milagro que el cuerpo no saliera volando en pedazos. Me avisó John. Cuando lo vi, estaba encogido abrazando un disco. Sin rastros de sangre y vestido de marinero. El forense dijo que seguramente la muerte había sido producida por un paro…, ya sabe el corazón no resistió la onda expansiva de la explosión. Pobre tipo.

John Brown—Acudí por petición de un vendedor de anticuarios. Llamó a la comisaría y dijo que había un hombre en peligro de muerte. Acudí al lugar un poco antes de la explosión y vi al trompetista tocando muy tristemente una melodía suave. Cuando tocó la última nota explotó el barco. Caímos con fuerza y Max se puso a llorar. Creí que se había lastimado, pero su llanto no era de dolor físico. Luego me contó toda la historia y nos acercamos a lo que quedó de la embarcación, se había pulverizado, sin embargo, vimos un camarote que había sido catapultado por arte de magia. Corrimos hacia allí y vimos que había alguien.

Capitán del trasatlántico—¡Claro que lo conocí! Me habían asignado el Viginian después de la jubilación del capitán Sanders. Me sorprendió mucho su historia, que me pareció una patraña, pero Danny Buckman, su padre adoptivo, me lo contó todo. Le di a Novechento el grado de Alférez de fragata como reconocimiento al prestigio que le había dado al Virginian, ¿sabe? Era como la marca personal de nuestro barco. Le habría dado un premio por su música, pero no tenía los poderes de la Academia…bueno, usted me entiende. Ojalá y se hubiera quedado en tierra cuando tuvo el encuentro con aquella chica. Bueno, si me perdona…Tengo mucho que hacer. Buenos días.

Danny Buckman— Yo era carbonero, salía poco de la caldera y deseaba siempre llegar a América para disfrutar de lo que teníamos en Europa. Cerca del puerto de Nueva York lo teníamos todo. Nos encantaban los bares y los “Lugares de esparcimiento”—era así como le decíamos a los burdeles. Tomábamos baños, comprábamos ropa nueva y nos íbamos a divertir. ¡Buaah, buaah! Todavía recuerdo cómo disfrutábamos con el glug-glug de las botellas y los besos de aquellas chicas. ¡Esos eran buenos tiempos! ¡Sí, señor! Bueno, el caso es que una vez estaba un poco enfermo y no bajé del barco, fui a revisar unas válvulas y cuál sería mi sorpresa cuando vi a un bebé en el suelo. Corrí a buscar a sus padres, pero nadie lo reconoció como suyo. Se lo comuniqué al capitán Sanders y lo reportamos a la policía, pero ¡Nanay, nadie nos lo reclamó!!Yo no sabía qué hacer! Le pedía ayuda a todo mundo, pero cuanto más imploraba, más solo me quedaba…Pasó el tiempo y me encariñé con él. Era un niño enclenque, débil, pero en sus ojos se notaba la curiosidad. Le gustaba dormirse en el gran salón y fue allí donde empezó a tocar. Primero imitaba a Charles el pianista del barco. Pero, no me lo va a creer. A los seis años ya tocaba todos los villancicos y cuando se enfermó una noche Charles, el muy diablo se sentó a tocar para los pasajeros y dejó a todos con la boca abierta. Pronto Charles se negó a competir con el niño Mozart y Novechento tocó desde esa edad hasta que al Virginian le llegó el desguace. Lo demás ya lo sabe.

Max Tooney— Soy trompetista, conocí a Novechento en 1920. Toqué con él y nos hicimos muy buenos amigos. A decir verdad, es el mejor amigo que he tenido y con quien más me he identificado. Era para mí, más que un hermano. Lo pasé todo con él. La pasión por la música, la creación, la decepción, la sorpresa…ya sabe, todo lo que experimenta un músico… Pero hay dos cosas que marcaron nuestra vida y, podría decir que lo transformaron por completo. La primera es la gran victoria en el duelo de pianistas. En el salón del Virginian se llevó a cabo el duelo más grande del mundo. Se enfrentaron el desconocido mundialmente, pero no menos talentoso Novechento y el mismísimo Roll Morton pianista brillante y supuesto creador del jazz. Eso daría para un libro, una película y un monumento a la música en el mismísimo centro de Nueva York. Todos los asistentes a esa confrontación recordarán con emoción y euforia ese día. Novechento empezó como acojonado por el presumido gorila que lo despreció desde el principio, pero cuando ya no teníamos esperanza en que ganara…!Joder, solo recordar la cara del mono, me hace disfrutar de nuevo ese triunfo! ¿Sabe? Novechento había repetido una melodía de Roll y éste decidió darle una lección, se puso a tocar sus mejores notas de la forma más rápida que podía y al terminar le dio una colilla de cigarrillo que el arrogante gorila había puesto en el piano al empezar su improvisación…Fue entonces cuando sucedió el milagro. Novechento escupió, cogió un cigarrillo apagado, lo puso en la tapa frontal y empezó a tocar la famosísima “Enduring Movement”. No lo va a creer, pero cuando terminó lleno de sudor, recobró la consciencia, porque estaba poseído, y abrió el piano, se acercó a las cuerdas agudas que estaban al rojo vivo y encendió el cigarrillo, la gente volvió de su letargo hipnótico y Novechento le puso al mono el cigarrillo en la boca: “Fúmate esto—le dijo—. Yo no fumo”.

—Muchas gracias por toda la información, Max. Había pensado en entrevistar a Morton, pero creo que no le gustaría recordar aquella mala experiencia. Por cierto, no me ha dicho nada del disco que tenía abrazado Novechento.

—Ah, pues es que le propusieron grabar su música. Él lo hizo, pero luego me dijo que no quería que se comercializara su música. Cogió el disco y corrió detrás de una chica que le había gustado, pero no la logró alcanzar. Ella desapareció y Novechento se marchitó con su recuerdo…



REDENCIÓN

 

I

Yo se lo advertí: aunque la señora es lo bastante compasiva como para salvarlo a uno de la calle (como a mí o como a él, que lo trajo a casa, lo aseó, le dio comida y cama), también es una fanática de sus plantas y la pone histérica que alguien le descomponga los “jardines” verticales que mantiene en el alféizar. Pero él no me hizo el menor caso. Y ayer, como se aburría aquí sin otra cosa que hacer que mirar por la ventana cómo el viento juguetea con los árboles, se puso a olisquear las flores, a toquetear los tallos, a frotar algunas hojas, a probar uno que otro brote e incluso a escarbarles un poco la tierra, parecía que las flores lo hubieran embriagado; total, que de tanto mover las macetas, se le cayó una. Ambos nos asustamos y él intentó esconder los estropicios, pero resultó peor porque, por las prisas, la planta quedó totalmente destrozada. Cuando ella volvió, se enojó muchísimo. Él está ahora encerrado en el desván y se le oye cómo lloriquea bajito. Le he pedido a la señora que lo perdone, que ya ha escarmentado y seguramente no volverá a hacerlo, pero ni me mira siquiera. Creo que debía de ser una planta muy valiosa. En fin, yo de eso no entiendo mucho.

 

II

¡Malhaya con la vieja! ¡Aay, tan bien que andaba yo paseando por ahíí! Es cierto que aquí no hace frío y que me ha dado de comer, pero a cambio hasta las orejas me ha restregado y ahora me dejará morir aquí solito, por lo menos es lo que teme la educanda esa ojiverde. La oigo suspirar tras la puerta. Suspira y repite que ya me había advertido que tuviera cuidado con hacerla enojar. Y ella la conoce mejor: lleva un año de recogida... ¿Y qué tendría la dichosa planta habiendo tantas en la calle? ¿Por qué me han encerraaadooo? ¿Por qué no me sueeeltaaan? ¡Aay!¿Por qué no meee...? ¡Aaaay!

 

III

¿Quién me manda meterme a samaritana? Si estos no entienden. Con la vida de reyes que aquí llevan... ¡malagradecidos! ¿Y qué le hizo mi pobre mini violeta para que me la destrozara así? Tan bonita que estaba ya con sus pequeñas varitas florales. ¡Ah, malandro! Y yo que le tuve lástima y le di cobijo en mi casa para que no pasara frío ahora que se acerca el invierno; pero no, si ya es todo un señor bandido, aunque no sea más que un crío. Y mira cómo me ha dejado el suelo. Sí, ya sé que tú hace tiempo que has olvidado las malas costumbres. ¡Vamos, cálmate! No des tantas vueltas, que me vas a marear... Pero ya me va a conocer a mí ese... ya le quitaré yo las malas mañas, así lo tenga que encerrar en una jaula como a un canario.

 

IV

Afuera el viento ululaba arrancando las hojas de los álamos y las jacarandas y persiguiéndolas por calles y callejones.

La mujer se puso unos audífonos y, acompañada por su música favorita, empezó a recoger los tepalcates y a limpiar la tierra esparcida por todos lados. Cuando encontró junto a una pata del sofá una hojita entera (“sin magullar casi, hasta con tallito”), su corazón dio un salto gozoso y de inmediato decidió colocarla en una macetita para reproducirla.

Por toda la habitación la seguía una gata de ojos grandes y verdes y le murmuraba algo, pero su ronroneo no podía traspasar la muralla que habían levantado las trompetas y los guitarrones de un mariachi que fusionaba desaforadamente una jota con una ranchera.

 

Hoy el día también es frío y la mujer ha salido muy abrigada al trabajo. El silencio de la casa lo interrumpe un agudo plañido que brota del desván y que poco a poco se va debilitando. Afuera el viento desmelena los árboles impunemente.

HG




Un incidente en un café cerca de la alcaldía de la ciudad de O.

 

Al lado de un café cerca de la alcaldía de la ciudad de O. dormía una perra. Estaba tumbada boca arriba, mostrando descaradamente dos hileras de pezones hinchados y extendiendo sus patas polvorientas en diferentes direcciones. La perra descansaba. Tenía todo el derecho a un pequeño reposo, pues había dado a luz y ahora amamantaba sin parar a casi una docena de cachorros.

Junto al lugar que la perra había elegido para la siesta había tres mesas: dos estaban ocupadas y en una, alguien hablaba. La perra movía la oreja, escuchando la conversación a medio sueño. No hay nada más rico para los perros que quedarse dormidos escuchando la conversación de la gente, porque no soportan la soledad.

Un gran coche negro se detuvo frente del café. La perra abrió los ojos con dificultad y miró. Nada interesante. El coche no la asustó; en su vida ya se había acostumbrado a estos monstruos de cuatro ruedas.

Pero de repente oyó unos gritos. Primero gritó una chica, luego un hombre. La perra se levantó y se sacudió con desgana.

“¡Ni cinco minutos de descanso para una madre soltera!”, pensó con fastidio y caminó lentamente hacia la alameda central. Allí, en el sótano de una casa medio en ruinas, la esperaban los cachorros, como siempre hambrientos.

¡La siesta se acabó!

***

En un café cerca de la alcaldía de la ciudad de O., estaban sentadas dos mujeres: una era muy gorda y la otra, como diría el clásico, flaca. La primera comía helado y lo acompañaba con un glacé, la segunda se conformaba con agua fría con limón.

Ni el peor escribidor habría escrito semejante cliché, pero como bien sabemos: la vida verdadera está llena de vulgaridades y cursilerías, y a veces ocurren cosas incompatibles con las bellas letras de calidad.

Las mujeres trabajaban en la alcaldía. La gorda, en la oficina de contabilidad, y la flaca era secretaria. Ahora les tocaba su merecido almuerzo, y cada una tomaba lo que le apetecía.

—¡El presupuesto! ¡Y el presupuesto!... —se quejó la gorda, llevándose una cucharada de helado a la boca—. ¡Sin bonificaciones, sin pagos extra!...

—¡Qué va! —asintió la flaca. —Ni recuerdo la última vez que me fui de vacaciones. Trabajo sin días libres, y ¿para qué?...

— Si ese —la gorda miró de reojo la alcaldía— no dimite para el otoño, yo me iré a Tver. Mi cuñada trabaja allí en la administración; ya me encontrará un sitio.

—¡Y yo me voy a la capital! —declaró la flaca con orgullo—. Estoy harta de la provincia, aquí solo hay margi/...

—¿Otra vez? ¿Otra vez? —el chillido de un hombre impidió que la flaca terminara su frase.

“¿Qué pasa? ¿Qué ha pasado?”, las mujeres se miraron confundidas.

Solo entonces se dieron cuenta de que un coche se había detenido junto a ellas y todos se alarmaron. Una camarera salió corriendo del café, gritando algo incomprensible. Luego apareció un hombre, gritando “otra vez, otra vez”. Después el tipo entró en el café, y al par de minutos de nuevo apareció en la calle, vociferando “me prometiste, me prometiste”. Y luego, ¡zas!, el coche se alejó rápidamente.

—¡Dios mío! —exclamó la flaca.

—Bueno, volvamos. Si no, ese —la gorda volvió a mirar de reojo la alcaldía— se volverá loco.

¡La hora del almuerzo se acabó!

***

Al lado de un café cerca de la alcaldía de la ciudad de O. se detuvo un carro negro. Había un hombre al volante y una chica en el asiento del copiloto. Se acababan de casar, eran desposados.

—¿Quieres algo, amorcito? —preguntó la esposa con voz melosa.

El hombre sonrió y negó con la cabeza.

—¡Y yo necesito café! ¡Si no me tomo un café ahora mismo, me voy a poner fatal! —lo besó en la mejilla y salió corriendo hacia la calle.

Él la siguió con la mirada. Una esposa, eso era inusual. El anillo de oro que brillaba en su dedo anular, eso también era inusual. Dos semanas juntos, a solas, eso ya había pasado antes, pero la luna de miel le daba al viaje un matiz especial.

—¡Bueno, vámonos! —dijo al regresar la esposa con voz jadeante—. ¡Vámonos, vámonos, rápido!

El hombre giró la llave de contacto, listo para irse, pero de repente vio a una camarera salir corriendo del café. Gritaba algo, su cara reflejaba espanto. El hombre bajó la ventanilla del copiloto.

—¡No ha pagado! ¡No ha pagado! —repetía la camarera.

El hombre se puso morado de ira. Miró severamente a su esposa y maldijo.

—¡Se me olvidó pagar! —dijo ella entre dientes. Su aliento todavía no se tranquilizó, pero la euforia ya había pasado: la picardía fue arruinada.

El marido salió del coche y, gritando “otra vez, otra vez”, se dirigió al café. Allí dejó mil rublos en la barra y salió corriendo a la calle, repitiendo “me prometiste, me prometiste”.

—¡Se me olvidó pagar! ¿Qué no está claro? —dijo su mujer, ofendida cuando él volvió al coche.

El hombre arrancó el motor y el carro desapareció rápidamente del lugar del crimen.

—¡Necesitas tratamiento! ¡Eres una ladrona chiflada! —dijo, agarrando el volante con más fuerza para no agarrar accidentalmente el frágil cuello de su mujer.

¡El idilio de recién casados ​​se acabó!

***

En un café cerca de la alcaldía de la ciudad de O., estaba sentada una mujer joven bebiendo lentamente vino blanco de una copa empañada. Sobre la mesa, frente a ella, había un bolígrafo y una libreta gruesa.

Hoy era su día libre. Hoy había estado paseando por la ciudad.

Desde la mañana, la mujer joven observaba y escuchaba todo lo que pasaba a su alrededor. Hurgaba en los contenedores de basura con un palo en busca de algo inusual, hablaba con jubilados y se metía en casas abandonadas. ¡Na-da! ¡No pasaba nada en la ciudad de O.! Alguien podría haberla tomado por una espía o una enferma mental, pero ella solo buscaba argumentos. La mujer joven era escritora.

Llevaba varias semanas sin escribir.

Siempre tomaba todas sus historias de la vida real: algo que veía, algo que oía. La última vez escribió sobre un anciano descalzo que molestaba a los niños, sobre pescadores y sobre una ahogada de la isla Klichen. ¿Y ahora qué? No sabía. La ciudad había caído en un letargo, se había hundido en una hibernación informativa, y su creatividad estaba sumida en el estancamiento.

La mujer joven miraba perezosamente a la perra que se calentaba la panza al sol, escuchaba a medias las quejas de las funcionarias y pensaba en lo suyo.

—¿Otra vez? ¿Otra vez? —el grito del hombre la sacó de sus pensamientos.

La mujer joven aguzó el oído y se puso a escuchar atentamente. Observó la escena con interés, con los ojos bien abiertos: había ira, vergüenza, desesperación; gritos teatrales; y trastornos mentales. ¡Una trama maravillosa, excelente!

Cuando el coche negro se alejó, ella miró a su alrededor con alegría, como si quisiera intercambiar opiniones sobre lo sucedido con otros testigos. Pero la perra ya se había ido, y las funcionarias habían regresado a la alcaldía.

La escritora pagó el vino y se apresuró a casa.

Decidió que, en cuanto llegara, se sentaría a escribir una historia sobre una cleptómana. ¡No! Mejor escribiría sobre una perra que acababa de parir, unas funcionarias quejonas, una cleptómana pasajera y su marido desesperado.

¡El bloqueo se acabó!

                                                                María



sábado, 7 de junio de 2025

Reto 6

 

Escribir un cuento policiaco con la trama de alguna novela que no sea de ese género. Por ejemplo: Madame Bovary, Ana Karenina, etc.

Número de palabras: 1000
Fecha límite de entrega: 25 de junio.
!Manos a la obra! !El mundo necesita tus palabras!

Envía tu texto a:

cristobaleh@hotmail.com



Un final feliz

 

            El primero en percatarse de la desaparición de la vieja fue su hijo. El hombre había llegado a Moscú desde San Petersburgo de vacaciones y se sorprendió mucho de que su madre no lo hubiera recibido. Tampoco había nada preparado para su llegada en la casa —la cama no estaba hecha, la cena no estaba servida— y además la mujer no se encontraba por ningún lado.

            Sin haber descansado después del viaje, corrió a preguntarle a los sirvientes, pero no sabían nada. Al hijo le parecía increíble que su madre, rodeada de tanta servidumbre, pudiera desaparecer sin que nadie lo notara. Se indignaba, gritaba y se enfurecía cada vez que preguntaba por ella, pero los trabajadores no le dieron ninguna respuesta clara. Entonces dio la voz de alarma y acudió la policía de inmediato.

            Un cuarto de hora después, un agente de policía, acompañado del hijo de la desaparecida, se presentó en la casa gris de columnas blancas, entresuelo y balcón algo torcido. Para entonces, toda la servidumbre se había reunido en el patio: eran nada más y nada menos que veinte personas, y quizá hasta treinta. El hombre corpulento, de bigote frondoso y ligeramente canoso, al ver la cantidad de trabajo que le esperaba, se alisó con solemnidad su uniforme de tela azul oscuro, carraspeó ruidosamente y empezó a indagar lo que había pasado. Lo hacía de manera expresiva y con un sistema especial, interrogando a cada uno por separado, sin embargo, aun así, no obtuvo nada útil de los sirvientes. Era como si todos se hubieran confabulado: no habían visto nada, no sabían nada, no podían decir nada.

—¡Así no funcionan las cosas! —gritó furioso—. ¡Si no me dicen ahora mismo qué pasó aquí, los mandaré a todos a la kátorga!

El hijo de la dueña, poseído por la intranquilidad, cambiaba de un pie al otro cada segundo. Los mujiks se mantenían con rostros abatidos, y las mujeres comenzaron a lloriquear desagradablemente y a sonarse la nariz con estruendo.

—Les vuelvo a preguntar, ¿cuándo fue la última vez que vieron a la señora? ¡Respóndanme rápido, malditos!

Resultó que desde la última vez había pasado mucho tiempo. Algunos la habían visto hacía unos días, otros, hacía una semana. Los cocheros, costureras y carpinteros la saludaron, según dicen, el martes pasado. Las cocineras y las camareras, asustadas por la kátorga, empezaron a echarse la culpa unas a otras: resultó que llevaban cuatro días sin cocinar para la señora ni llevarle té a sus habitaciones.

—Y yo que creía que le servía Man'ka, y yo que Nyurka —chillaron al unísono—. Ay, Dios mío, ¡somos tantas! ¿Cómo se puede saber a quién le toca cocinar hoy y a quién traerle la comida...?

Hasta las damas de compañía, las fieles amigas de la señora, la asistieron por última vez hacía tres días.

—No nos llamaba, y nosotras tampoco íbamos —cloquearon, santiguándose sin parar—. Y nosotras tranquilamente ocupadas en nuestras cositas... ¡Dios santo!

—¿Y quién cuida la casa? ¿Quién es el mayordomo?

Gavrila se acercó al policía y, con voz ofendida, incluso enfadada, como si lo hubieran metido en este caso sin motivo, le contó al guardián del orden que había visto a la señora el día anterior o hacía dos días.

—En realidad, ayer fue mi merecido día libre y me pasé todo el día bebiendo vodka en la taberna, así que no puedo decirlo con toda seguridad...

—¡Imbécil! ¡Y te haces llamar mayordomo! —rugió el policía—. ¡Es increíble!...

—¡Es indignante! —repitió el hijo de la dueña.

—¡A menudo le duele la cabeza! ¡Jaritón le da algunas gotitas, y ella duerme todo el día! ¿Cómo iba a saber que esta vez todo sería diferente y que desaparecería? —chilló Gavrila.

—¡No le he dado nada! Ni siquiera la he visitado, hará cinco días como mínimo… —gritó el galeno asustado.

—¿Y quién vigila la casa por la noche?

—Guerásim, Guerásim, es el portero Guerásim... —se oyó un murmullo.

La servidumbre se apartó rápidamente y el agente de policía vio a un hombre de complexión hercúlea sentado junto a un barril de agua; estaba pensando en algo sin siquiera poner atención a lo que sucedía a su alrededor. Como todos los sordomudos, Guerásim era extremadamente retraído y su mirada siempre estaba vuelta hacia dentro, pero ahora, y esto era una novedad, su rostro parecía sereno e incluso alegre. Parecía muy contento y hasta sonreía. Hacía mucho tiempo que no lo veían así, probablemente desde aquel año en que cortejaba a Tatiana.

—¿De qué te ríes? ¡Respóndeme rápido! ¿Qué pasó por la noche? ¿Vino alguien? ¿O quizás la señora se fue sola? —gruñó el policía con voz furiosa.

Guerásim lo miró con ojos desconcertados.

—¡Respóndeme! ¡Ya!

—Pero es... es que... es sordo —Gavrila intervino en el interrogatorio—. Simplemente no lo entiende.

El mayordomo se acercó a Guerásim y le explicó con señas lo que le preguntaba el policía. Guerásim puso cara de atención, “escuchó” a Gavrila con interés y luego negó con la cabeza, como diciendo “no sé nada”, y volvió a sonreír.

—¡Maldito sea, un demente!... —el policía retorció su bigote nerviosamente y luego informó al hijo de la dueña que el asunto era serio y que debían llamar al comisario. El hombre asintió y salieron corriendo a la calle.

Poco a poco, la servidumbre se dispersó a por los rincones para comentar lo sucedido y chismear entre ellos. Solo Guerásim permaneció en el patio. Seguía sentado cerca del barril, sonriendo con satisfacción. Mumú yacía a sus pies. Mordisqueaba un hueso con gusto, sujetándolo con cuidado entre sus patas delanteras. De vez en cuando, miraba a Guerásim con cariño y gratitud, y se lamía los labios con alegría. De lejos, podría parecer que el hueso que mordía Mumú se parecía mucho a un dedo humano, pero como dicen en Rusia: cuando algo parece lo que sospechas, hay que persignarse.

                                                                         María


El caso Samsa

El inspector Gerard Gire llegó al baldío donde se encontraba el cuerpo de un joven semidesnudo. El cuerpo llevaba tres días a la intemperie y, por la actividad continua de las moscas y el fuerte calor de esa estación del año, estaba muy descompuesto. Gilbert le comentó al inspector que ya se sabía el nombre del muerto. El inspector analizó la herida que el cadáver tenía en la espalda y le comentó a su ayudante que la puñalada bien habría podido ser asestada con una daga de mango de madera con horquilla de manzana como las que portaban los empleados de las empresas navieras, sin embargo, el asesino no había tenido la suficiente fuerza para asestar el golpe hasta el corazón y aquel desgraciado había fallecido más por la inanición y la pérdida de sangre.

—¿Qué se sabe de la familia del muerto, querido Gilbert? —preguntó el inspector cuando su ayudante recibía unas notas del jefe de la policía, Gabriel Genere.

—Pues, que la hermana del fallecido es una joven guapa que ha llegado a la mayoría de edad, que la madre es ama de casa y el padre es un hombre desempleado que se la pasa refunfuñando.

—Muy bien, querido Gilbert, tendremos que ver si alguno de ellos tenía algún motivo para deshacerse de este pobre hombre.

—Sí, inspector. Según palabras del jefe de la policía, las últimas dos semanas acontecieron cosas raras en la casa de los familiares de este hombre.

Cuando el inspector y Gilbert llegaron a la modesta casa del finado, se asombraron de que estuvieran tan relajados y que la madre mostrara una congoja falsa.

—¿Podría decirme cuándo abandonó la casa su hijo, señora Gisele? —Preguntó Gerard Gire

—Sí, inspector. Mi hijo desapareció hace tres días y medio.

—¿Cuándo lo vio por última vez?

—La noche del martes…No, creo que fue el miércoles por la mañana. Es que le hablé, llevaba casi un mes encerrado en su habitación, ¿sabe? Y nos guiábamos por los ruidos de insecto que emitía, sin embargo, no puedo asegurar que estuviera, ya que los ruidos que oí no eran o no me parecieron de él.

El inspector se volvió hacia Grete y le preguntó lo mismo. Ella dijo que tampoco había oído ruidos en la habitación el miércoles por la mañana. El padre, muy reacio dijo que el había dado por muerto a su hijo y que se alegraba de que ya no representara una carga. “Suficientes problemas tengo ya buscando el sustento para la familia como para ocuparme de ese zángano”.

El inspector preguntó si alguien más había visto a Gregorio antes de su desaparición y la respuesta fue que solo la asistenta, que iba a ayudar en las labores domésticas los miércoles lo había oído.

La señora Geneviéve era muy delgada y baja, pero conservaba su cuerpo fuerte, aunque era bastante mayor, aparentaba menos años. Tenía un rostro severo y el pelo abundante y blanco. Su voz era áspera y sus modales muy vulgares.

—Usted entró a su habitación esa mañana, ¿verdad?

—Claro que entré, ¿cree acaso que ese pedazo de bicho me lo iba a impedir?

—Y ¿en qué condición estaba?

—¡Encuerado como siempre! ¡No se ponía más que los calzoncillos, el muy imbécil! Que estaba harto, decía. Que la sociedad era corrupta y que jamás permitiría que su hermana se casara con el señor Gustave Gamier.

—¿Quién es el señor Gamier? — preguntó el inspector mirando a la familia.

—Es el jefe de Gregorio…—dijo titubeando la madre.

—¿Ah, sí? Y… ¿Está enamorado de su hija?

—Sí, señor inspector. El mes pasado vino para pedirnos su mano, sin embargo…

—Sin embargo, ¿qué?

—Pues, que Gregorio se opuso rotundamente. Dejó de ir a la oficina, rechazó el ascenso que le ofrecieron y nos dejó en ridículo y en la vil pobreza. Le rogué, le imploré que recapacitara, pero fue imposible y ahora, ahora ya ve.

—Bien señora, gracias por la información. Creo que mi ayudante y yo debemos retirarnos para hacer unas cuantas pesquisas. Volveremos cuando hayamos aclarado algo. Que tengan un buen día.

Al salir el inspector le preguntó a Gilbert si sospechaba de alguien.

—Creo, inspector, que el padre está descartado porque, a pesar de ser refunfuñón es un perro que ladra y no muerde. La madre no lo haría ni de broma. Tal vez, la señora Geneviéve, pero es demasiado baja para haber asestado el golpe con la daga. Gregorio es demasiado alto para ella, habría tenido que saltar para acuchillarlo y la herida parece hecha de arriba abajo. Tuvo que ser una persona más alta. Tal vez alguien como Grete.

—En efecto, querido Gilbert, tiene un móvil. Ella seguramente es consciente de su situación familiar, es posible que haya estado ensombrecida por su hermano toda la vida y, al cobrar un poco de protagonismo, se ha decepcionado por no poder relucir y ha tomado esa decisión. Por otro lado, el señor Gustav Gamier no mataría por su propia mano y de enviar a un asesino a sueldo, el crimen se habría perpetrado de otra forma.

—Es una lástima, inspector, Grete es joven, no es muy guapa, pero con un hombre como Gamier tendría todo lo que una mujer de su clase podría desear. Es triste que la gente se deje llevar por sus impulsos.

—Bueno, Gilbert, vamos a rearmar el caso poniendo todas las piezas en su sitio para que no tengamos que meter a esa joven en la cárcel.

—Sí, inspector. Por cierto, ¿ya sabe que se descubrieron los motivos del suicidio de Georg Bendermann?

—No, Gilbert, ¿qué ha pasado?

—Nada, inspector. Todo muy banal. Según Franz K, todo fue por la presión del padre.

—Vaya, Gilbert. Este mundo parece irreal. La gente tiene procesos absurdos, unos se convierten en escarabajos y otros se vuelven locos en laberintos esperando su juicio.

                                                                                    J.C





Cuento policíaco Nº 1