Escribir un texto sobre un misterioso o inesperado compañero de viaje en un compartimiento de un tren de larga distancia.
Reto adicional:
La escena o historia debe transcurrir por la noche.
Número máximo de palabras: 1000
Fecha límite de entrega: 11 de junio de 2025
!Manos a la obra! !El mundo necesita tus palabras!
Envía tu texto a:
cristobaleh@hotmail.com
Esperábamos el interurbano y yo estaba hojeando una antigua revista de Ferronales en busca de materiales para mi tesis “La gastronomía de México en la segunda mitad del s. XX según las publicaciones periódicas”. La revista era del 58 y la compré por internet, pero con solo pasar las primeras páginas, me di cuenta de que era un número especial y estaba dedicado a la inauguración del hospital de ferrocarriles y de una nueva estación de carga. Para los aficionados al ferromodelismo tenía gran valor, seguramente, por la profusión de fotos, dibujos de vagones y locomotoras, e incluso planos de las vías; a mí no me servía. La cerré molesta.
Entonces, al levantar la vista, la vi venir por el andén. Era una anciana bajita, delgada y de apariencia muy frágil. Llevaba un hábito de color café algo descolorido y las corrientes de aire de la estación le alborotaban el pelo muy corto y blanco.
Sin ningún preámbulo, al sentarse a mi lado, me dijo que su primer recuerdo es estar parada en el andén de la estación, mientras su padre la tiene de la mano, viendo pasar el tren presidencial de Lázaro Cárdenas. Después me contó que su familia, igual que muchas otras, solía pasar la tarde del domingo en el jardín de la estación y que luego de comer y jugar entre los árboles, se desplazaban al andén para mirar los trenes y a los pasajeros apresurados por el silbato de las máquinas.
Se detuvo un instante, miró sus manos y la oí suspirar, me parece que yo también suspiré pensando que el tren ya venía retrasado.
Pero en realidad, dijo, todo eso no tiene nada que ver con lo que quiero contarle... Se trata de un viaje que hice cuando tenía trece años. Bueno, que hizo toda mi familia, porque fue en ese viaje cuando me quedé solita en el mundo.
Se ve que le interesan los trenes, añadió señalando la revista con un dedo huesudo, y seguro que, aunque sea tan joven, alguna vez oyó hablar del tren peregrino... ¿o no? Sin esperar respuesta, siguió:
Fíjese que mi familia era muy devota del santo...
De nuevo se interrumpió y mientras alisaba un poco su hábito, yo pensé que era una de esas personas que viven solas y que son como una calamidad para quienes tienen la suerte de toparse con ellas. Me quedé, sin embargo, sentada esperando que continuara.
Pues sí, como le decía, toda mi familia era muy devota del santo, por eso cada año íbamos a pagarle con danzas los favores recibidos. El camino de ida lo hacíamos a pie desde Candela, Coahuila, donde vivíamos, hasta Real de Catorce y el de regreso en tren porque era pesado volver andando después de la caminata de ida y de tanto danzar. El tren llegaba con los peregrinos hasta Saltillo y ahí nosotros nos subíamos en uno más chiquito que pasaba por Candela.
No vaya a creer que teníamos un grupo de matachines, de esos que andan en todas las fiestas, no, nuestra familia solo le danzaba a San Panchito, al santo que está sentadito en su silla en Catorce; empezábamos nomás llegando y no parábamos durante dos días, desde el alba hasta la noche, y lo hacíamos todos: mis papás, mis abuelitos, tíos, hermanos, primos y hasta los niños chiquitos que ya sabían andar. A mis abuelitos los enseñaron sus papás y así mismo aprendimos nosotros.
Le cuento que llegó el momento del regreso y nada que acababan de alistar el tren, que era muy grande, porque a cada rato le iban pegando más vagones, y de todos modos no cabíamos. Yo no me acuerdo bien, pero decían que eran miles los peregrinos. Por fin lo formaron como un gusano enorme tirado por dos máquinas. Era un tren pobre, con vagones de segunda clase o de tercera, nada
de compartimentos ni sillones cómodos. Nosotros habíamos subido de los primeros, aunque no todos teníamos asiento.
Cuando estábamos por llegar a La Encantada, un poco antes de donde ocurrió el accidente, como usted sabrá, yo iba parada cerca de la puerta del tercer vagón cuando se me acercó un viejito con el hábito de peregrino y me pidió que le ayudara a llegar a los últimos carros, que allí debía estar su familia, yo voltié a mirar a mi mamá y ella me hizo señas de que estaba bien, que fuera... Entonces la gente era más respetuosa con los ancianos y pese a que iban todos apretujados en los pasillos, nos dejaban pasar, hasta que llegamos al penúltimo, entonces sentimos como que se ladeó el tren y luego como que pegó un salto el carro en el que íbamos. Cuando salí, por mi propio pie, y vi las máquinas y los primeros vagones amontonados unos encima de otros, me desmayé y desperté en el hospital. Pensaron que me había golpeado con algún fierro, pero no, yo estaba bien, y me dejaron ir. Quería volver al lugar del accidente a buscar a mi familia, entonces oí que los que viajaban en los primeros carros, si no murieron de inmediato por los golpes, se quemaron entre los fierros retorcidos porque no pudieron sacarlos. Eran unos soldados jovencitos quienes lo contaban.
Me miró entonces y yo aparté la vista sin saber qué decirle.
De repente me pidió que la acompañara a los servicios porque le daba miedo caerse en la escalera eléctrica. Quizá por lástima decidí ir con ella aunque se me pasara el tren. Bajamos y apenas llevaba unos minutos esperándola afuera cuando se oyó una explosión arriba. La gente gritaba y corría de un lado a otro hasta que nos obligaron a salir de las instalaciones y yo le dije a un policía que había una ancianita en los baños, pero él contestó que ya habían revisado y que no quedaba nadie en el primer piso.
Siempre creí que eran embustes esas historias, cosas que cuando le pasan a uno mismo parecen todavía menos reales.
HG
En las montañas de la Sierra Nevada
La luna llena brillaba a través de las ventanas heladas
del tren, impidiéndole dormir. Lucía Zárate se envolvió en un cálido chal de
Oremburgo, regalo, según dicen, del mismísimo Nicolás II, sin poder entrar en calor.
Sus pequeños huesitos estaban congelados hasta la médula, convirtiéndose en
carámbanos, y sus entrañas sufrían por la comida fría enlatada. Entreabrió
ligeramente sus párpados azules y miró a su familia: todos se habían hundido en
un sueño profundo y doloroso, que no fue interrumpido ni siquiera por los frecuentes
tiritones.
Ella captó extraños
sonidos por el rabillo del oído. Le pareció que algo increíblemente enorme se
acercaba como una avalancha. ¿Era posible? Levantó la cabeza exhausta y vio a
un gigante con un largo abrigo de piel marrón frente a ella. Lucía intentó
distinguir su rostro, pero no pudo. Su conciencia agotada dibujó extrañas
imágenes en su cabeza, y le pareció que no era un hombre, sino un oso el que
estaba de pie frente a ella.
De repente, una figura
pequeña que caminaba delante del gigante señaló a Lucía con el dedo índice y
dijo con voz caprichosa: “La quiero”. El torpe gigante abrió de
inmediato el abrigo de piel y arropó con cuidado a la artista de circo en su
pecho. Lucía no tuvo fuerzas para resistirse. El cuerpo caliente de aquel ser mitad
hombre, mitad bestia, y el olor acre, ácido del pelaje mojado la hicieron
dormir...
Una semana después, cuando
el tren fue rescatado de la nieve, el mundo supo que la pequeña Lucía Zárate, “un
pequeño pero poderoso imán para atraer al público”, había muerto de hipotermia.
Los familiares que viajaron con ella en ese condenado tren se avergonzaron de
admitir que no habían protegido a la pequeña y que una noche simplemente
desapareció sin dejar rastros. Se desconoce qué le sucedió después. Lo único
que se puede decir con toda la certeza es que los niños malcriados se cansan
rápidamente de jugar con sus muñecas nuevas.
María
El implicado
Federico López iba concentrado mirando el paisaje. La vegetación era pobre,
pues no había nada más que enormes saguaros, gran cantidad de creosotes, algunos
palos de fierro, amapolas ya secas y flores silvestres, la clásica vegetación
del desierto de Sonora. Notó la disminución en la velocidad del convoy hasta
que se detuvo. Escuchó algunos gritos del maquinista y el auxiliar de cabina.
—Pero ¿qué has hecho, Mariano?
—Nada, señor. Son las órdenes que me han dado…Mire, mire aquí.
Federico supo después que por indicaciones del administrador de
infraestructuras ferroviarias tenían que permanecer allí unas horas hasta que
se reparara un tramo de vías a un kilómetro de allí. El personal del
restaurante les repartió bebidas frías a los pasajeros de primera clase. De los
otros coches la gente comenzó a bajar para estirar las piernas. Los
acompañantes de Federico no eran muchos y permanecían en silencio mirándose con
indiferencia. Había un hombre mayor de pelo abundante y canoso que leía sin
parar documentos que serían muy importantes para él. Hacía anotaciones y de vez
en cuando balbuceaba como si estuviera memorizando algo, en otras ocasiones parecía
mantener diálogos en voz baja. Iba también una pareja. El hombre era atractivo,
llevaba ropa de marca y su cuidado era excelente. Solo era necesario verle las
uñas para saber que dedicaba una buena suma de dinero a su cuidado personal. La
acompañante era una mujer de unos cincuenta años que tenía buen aspecto, un rostro
aristocrático y un gesto torcido provocado por los constantes caprichos, pues le
molestaban muchas cosas, sin embargo, solo manifestaba su irritación con la
mirada o con un silencio culpabilizador que obligaba al hombre a pedir
disculpas por todo.
—Ya te he dicho que eso no me gusta—decía la mujer cada vez que Daniel, un aprovechado
mujeriego a todas luces, le ofrecía alguna cosa o un tema de conversación.
Entonces Dany ponía cara de niño regañado y esperaba a que a la mujer se le
pasara el enfado.
Federico decidió salir a caminar un poco. Hacía bastante calor, pero por
fortuna ya empezaba a oscurecer. A las ocho de la tarde el tren seguía parado y
no había noticias que le dieran alguna esperanza a los pasajeros. Federico cenó
y pensó que el tren haría el trayecto en la noche. Llegaría en unas cinco horas
y podría alojarse en cualquier hotel y descansar para cerrar su negocio con sus
socios en Puerto Peñasco como lo habían acordado. Recordó que tenía una
invitación a Sandy Beach y sonrió imaginando mujeres en bikini ofreciéndole compañía.
Cerca de las dos de la mañana un fuerte tirón hizo rechinar las ruedas
metálicas y poco a poco se fue sintiendo el traqueteo de las vías. Federico se
despertó, miró el cielo por la ventana y se dispuso a dormir, pero una
respiración y, luego, un perfume de flores le impidieron hacerlo. Volteó y su
mirada se encontró con los verdes y enormes ojos de una mujer que le hizo una
señal para que no hablara.
—¡Tienes que ayudarme, cabrón! — le dijo ella con voz muy baja y nerviosa.
—Pero ¿quién es usted? ¿qué hace aquí?
—¡Prométeme que me vas a ayudar, prométemelo, güey!
—No puedo, no le conozco y no me interesa lo que necesite—Federico intentó
incorporarse, pero ella lo contuvo con una mano ensangrentada y un cuchillo. Por
su mente le pasaron muchas ideas, pero estaba claro que algo malo había ocurrido.
—Lo he matado, lo he matado…— dijo ella compungida tratando de contener su
llanto.
Federico trató de ordenar sus ideas y, de pronto, recordó que entre los
pasajeros que había visto cuando bajó a caminar un poco, había visto a esa
mujer con su vestido de color rosa acompañada de un hombre con aspecto amenazante
y violento. Era de esos tipos que sometía por la fuerza a las personas, amenazándolas
con golpearlas o castigarlas. Entonces habló.
—Primero tienes que explicarme lo que ha pasado.
—Ya no podía ¿entiendes, güey? —dijo con voz sollozante—, ya no podía
seguir soportando su crueldad…
—Bueno, me imagino que fue por un momento de furia, pero se descubrirá todo…Sospecharán
de ti, mírate— exclamó señalando las manchas de sangre que ella tenía.
—Sospecharán solo si encuentran su cuerpo, tienes que ayudarme a tirarlo.
Federico se incorporó y fue hasta el sitio que Rosa le indicó. Un hombre
estaba recostado en un asiento cubierto con una manta, parecía dormir
tranquilamente a pesar de que le habían rebanado el cuello. Los pasajeros,
sumidos en un profundo sueño o ensimismados algunos, luchando con su insomnio,
no sospechaban nada. Federico cogió al hombre y lo levantó con gran esfuerzo.
El tipo era corpulento y era difícil llevarlo a cuestas. Rosa ayudó todo lo
posible y cuando llegaron al final del vagón, iban ya empapados de sudor. Rosa accionó
el freno y el tren se detuvo en seco, Federico abrió la puerta y dejó caer el
cuerpo que rodó hasta una zanja. Se hizo un alboroto enorme, la gente comenzó a
quejarse y gritar. Un encargado del tren pedía disculpas mientras revisaba las
puertas. Al no encontrar ninguna abierta, le avisó al motorista que podían
continuar la marcha.
La noche fue muy intranquila, Federico no pudo dormir y Rosa se cambió de
ropa, se lavó y cuando llegaron a Puerto Peñasco le dio un beso en la mejilla a
su cómplice y desapareció.
Los socios de Federico llegaron puntuales.
—¿Cómo está don Fede? —le preguntó un hombre castaño, bajo y muy fornido. Era
Carlos el distribuidor de equipo pesado, maquinaria y mercancías ilegales de la
frontera.
—Bien, así como me ves, mi cuate.
Se subieron a una camioneta y se fueron a la casa de Rafael quien los
esperaba para cerrar el trató. Desayunaron y se fueron a sentar a un lado de la
piscina. Conversaron mediando las palabras, buscando el momento adecuado para
ir al grano. Cuando Federico iba a lanzar su propuesta, una sirvienta se acercó
con una nota en la mano.
—Señor Carlos, esto es para usted.
A Carlos se le nubló la vista y comenzó a vociferar, maldijo hasta que se
cansó y luego se tiró al suelo.
“!Han degollado a Pedrito!!Malditos cabrones!!Malditos, hijos de pu…”.
J.C



.jpg)


.jpg)
.jpeg)







.jpeg)
.jpeg)
